En el mortecino calendario de mi pueblo hay siete días heroicos. Los encierros sanferminescos han guiado la transición de la ciudad de remoto lugarejo al sur de los Pirineos a los telediarios de las grandes cadenas de televisión del mundo. Durante esos siete días, este pueblo desde el que escribo es la capital mundial del desparrame. Uno de los protagonistas de esta transición, quizás el único que es conocido por su propio nombre y fama, murió hace dos días como consecuencia de un accidente en la playa donostiarra de la Zurriola. Si se leen las prolijas páginas que los diarios locales dedicaron ayer a Julen Madina, chorreantes de elogios, nadie diría que en vida fue el personaje más detestado de la fiesta. Es el destino de los precursores. Madina fue un deportista corredor de encierros, que hizo de esta actividad democrática y pasajera un estilo de vida identificable. Su delito fue precisamente distinguirse en medio de una masa de trotones por definición anónima. La televisión, que moldea la realidad, lo hizo posible. En un cierto momento, allá por los años ochenta o noventa, un pequeño número de corredores del encierro comprendió este hecho y actuó en consecuencia. Este divismo autoinvestido les llevó a ser motejados por la plebe con lógica despectiva como los divinos, y Julen Madina fue el más conocido de este grupo de narcisos delante de las astas del toro. Le acusaban de practicar juego sucio con los demás corredores, codazos y otras triquiñuelas, para no perder plano cuando galopaba por la calle Estafeta. Para colmo era guipuzcoano, y no pamplonés, ni siquiera navarro. Una afrenta insoportable. En 2004 fue prendido por el toro Triguero que le cosió a cornadas. Fui testigo de los aplausos que recibió el suceso (y el toro) entre los que estaban conmigo cuando alguien identificó a la víctima en las imágenes de la televisión. El pueblo detesta a las elites porque comprende instintivamente que atentan contra su cohesión. Los observadores de los sanfermines habrán advertido que son los corredores del encierro los que están rompiendo con camisetas de colores vibrantes la opresiva uniformidad indumentaria roja y blanca a la que lugareños y visitantes se someten con genuino masoquismo festivo durante los siete días de julio. El propósito es que la tele los distinga individualmente durante la carrera y es la herencia natural de Madina y los divinos. No haría falta añadir que el difunto corredor prolongó su carrera profesional como tertuliano y participante en realities televisivos. El fallecimiento de Madina trae a colación otra pugna entre el pueblo y las élites alrededor del encierro, que, esta vez, ganó el pueblo. Los visitantes de la ciudad saben de la existencia de un abultado monumento al encierro en una avenida céntrica. Pues bien, el escultor necesitaba modelos para los corredores y no le pareció mala idea que uno de estos modelos fuera el concejal de festejos, médico traumatólogo de profesión y cirujano de la enfermería de la plaza de toros, y en consecuencia afecto al encierro por afición y oficio. Cuando la noticia se hizo pública, se levantó un clamor popular, columnas periodísticas incluidas, contra la posibilidad de que un concejal fuera inmortalizado en la cara de un corredor del encierro, la expresión más genuina del Volkgeist local, y el artífice tuvo que cambiar de modelo por otro desconocido, para gran contrariedad del concejal que ya se veía transportado a la inmortalidad. La anécdota recuerda otra simétrica acaecida en la Atenas clásica, que tengo leída en algún libro de C. M. Bowra y que cito de memoria. La ciudad había encargado al escultor Fidias una estatua de la diosa Atenea, y el artista, que era amigo de Pericles, decidió esculpir la cara de éste entre otras en el escudo de la diosa; el ágora tuvo noticia del propósito y también se levantó en un clamor unánime: ¿quién se creía Fidias que era ese Pericles para inmortalizarle en la estatua de Atenea? Hoy, Pericles y Madina comparten la nube en la que navegan los héroes.
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