Acabo de tener una experiencia mística, lo más parecido a la caída del caballo camino de Damasco que un viejo de principios siglo veintiuno puede esperar que le ocurra. Ha sido hacia las 9:35 horas. Con una taza de café en la mano y proverbial sentido cívico, he encendido el televisor para echar un vistazo a la sesión de investidura. Sánchez desgranaba un discurso cansino, consabido y autocomplaciente, pespunteado por los aplausos militares de los suyos. Rajoy ha subido a la tribuna en el turno de respuesta y, sin ocultar el desprecio que le produce el adversario socialista, ha tirado de, cómo llamarlo, ¿ironía galaica? Demasiado para mi paciencia. La bestia que me habita ha dado un salto y ha buscado la querencia pulsando frenéticamente el mando a distancia para conectar el canal de cine clásico, del que puede decirse con exactitud lo del salmista: Él me hace descansar en verdes praderas. Me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero… etcétera.  Y, oh maravilla, ahí estaban Gene Kelly, Debbie Reynolds y Donald O’Connor brincando y cantando Good morning, good mooorning, good morning to you! La felicidad. Luego viene la secuencia que da título a la película, Singing in the rain, que no puedo dejar de ver sin que mi espíritu baile siguiendo los alados pasos de Gene Kelly. Bendita lluvia. He apagado el televisor para quedarme solo conmigo mismo, presa de la agitación dichosa que debió inundar a Saulo de Tarso. No he vuelto a la película, tampoco al herrumbroso debate del congreso, que se me aparecía como un vestigio de la indeseable vida pasada. Vamos a ver, Manolo, me he dicho, tú eres un espectador, nada de lo que hagas, pienses o digas va a cambiar la realidad, y sin embargo, como espectador, has asistido a historias hermosas, en las que sus protagonistas te han dejado participar, aunque fuera en sueños, ¿cuánto tiempo de tu vida has pasado en la butaca de un cine y en la sala de estar de tu casa frente al televisor?, ¿y qué crees que puedes hacer ahora, de viejo, que no hiciste cuando joven? Tú no puedes cambiar el guión, pero puedes elegir la película, estás rodeado de ventanas electrónicas a mundos de dibujos animados y has de quedarte en el que protagonizan Rajoy y compañía.  Todavía respiras, y disciernes, y tienes el mando a distancia y la industria te necesita como usuario de contendidos, como se dice ahora, y como votante. Eres invencible mientras no te desahucie el banco o el gobierno vacíe por completo la caja de pensiones y, entretanto, ¿cuántas veces puedes volver a visitar Cantando bajo la lluvia? Cuando cierres los ojos para siempre irás a un paraíso donde el demonio más peligroso es la inolvidable Jean Hagen, y no me digas que no te gustaría acostarte con ella seducido por su no menos inolvidable voz de pito. Pero ¿y la conciencia cívica, y la moral pública, y el deber político?, protesto. Venga ya, hombre, eso son zarandajas de abajofirmantes como Fernando Savater o Aurelio Arteta, que también son viejos, como tú. Mira dónde ha terminado Savater, de último de la lista de un partido que no existe. La voz interior cesa e, instintivamente, vuelvo a pulsar el mando a distancia para no estar solo. Cantando bajo la lluvia ha pasado ya y ha empezado El verdugo, de Luis García Berlanga.