Un compromiso con la biblioteca pública de Barañáin para coordinar el próximo otoño un pequeño seminario sobre el escritor británico George Orwell me ha llevado a releer la celebérrima fábula de este autor, Rebelión en la granja. Como es archisabido, la historia va de la sublevación de los animales de una granja, que expulsan al dueño para construir una sociedad donde el trabajo y sus frutos se repartan por igual en libertad y fraternidad. En el proceso, los cerdos, que son los animales más inteligentes en esa fauna doméstica, se hacen con el mando y empiezan a derivar los beneficios de la situación para sí mismos mientras el estado del bienestar de los demás habitantes de la granja no solo no mejora sino que empeora y los mantiene agobiados por el trabajo, la falta de comida y de descanso, lo que hoy llamaríamos los recortes, y la vigilancia de unos perros de presa a los que los cerdos han amaestrado, digamos la ley mordaza. Sin embargo, la elite porcina consigue estabilizar la situación hasta el punto de que los propietarios de las granjas vecinas, lo que hoy llamaríamos coloquialmente los mercados, que asistieron con inquietud a la emancipación de los animales del señor Jones, terminan por aceptar la evidencia de que el resultado es muy parecido al de sus dominios, incluso más eficiente en algunos sentidos, y empiezan a compadrear con los cerdos, los nuevos dueños, y a comerciar con ellos. Orwell publicó esta fábula en 1945, no sin dificultades por la resistencia de la izquierda de cuyas filas él formaba parte, y de inmediato su significado se interpretó sin error como una sátira del socialismo y del régimen soviético y así fue utilizado el libro como arma de propaganda durante la guerra fría. Podría decirse que, superada aquella circunstancia histórica, el valor de la novela ha decaído, pero no es así. Rebelión en la granja es un libro extrañamente inquietante porque el pesimismo genial de Orwell no se ciñe a los regímenes totalitarios levantados con el señuelo de la emancipación de la humanidad sino a cualquier forma de estado porque ¿qué sistema político moderno no se levanta con ese señuelo? Orwell no solo fue un escritor político comprometido sino un crítico cultural muy perspicaz y en la novela hay un hilván argumental apenas perceptible en el magma de la historia y cuya importancia puede pasar desapercibida. Los sublevados redactan, apenas consumada la expulsión del granjero, una constitución de siete puntos en los que se proclaman los derechos y obligaciones de los animales con la intención de crear un orden nuevo y se pregona la erradicación de los hábitos que hacían opresivo el régimen del expulsado señor Jones. Así, se acuerda y se decreta la proscripción de andar sobre dos pies, de vestir ropa, beber alcohol o dormir en cama de humanos, y, por último, se consagra que ningún animal matará a otro animal porque todos los animales son iguales. A medida que el poder de los cerdos aumenta y se consolida como casta dominante, ésta vulnera la constitución una vez tras otra: el líder porcino empieza a andar sobre sus patas traseras y lleva un sombrero del señor Jones, sus congéneres le imitan y duermen en las camas de la casa del antiguo patrón y los perros policiales ejecutan a los animales de otras especies que disienten de las órdenes. Cada una de estas tropelías llena de confusión a los demás habitantes de la granja, y los más audaces, y que saben leer, corren a la pared de la granja donde están escritos los preceptos de la constitución para confirmar la legalidad de las acciones de los cerdos y, en cada caso, comprueban que se ha modificado la literalidad del precepto para adaptarlo a la realidad impuesta por las medidas del gobierno porcino y así, la prohibición de matar a un animal se convierte en la prohibición de matarlo sin motivo, la prohibición de dormir en cama es ahora en cama con sábanas, hasta que el último y conclusivo precepto, todos los animales son iguales, se convierte en todos los animales son iguales pero algunos animales son más iguales que otros. Después de leer esta historia de fracaso político y oportunismo personal, empujada por sutiles cambios y adaptaciones en la literalidad de los preceptos que aspiran a gobernarnos a todos, he topado con la mutación introducida, como quien no quiere la cosa, en el famoso y dizque intocable documento de ciudadanos contra la corrupción, pactado con el pepé y donde, en la exigencia de una comisión de investigación sobre el caso Bárcenas y la presunta financiación irregular del pepé, ha desaparecido la alusión concreta al caso Bárcenas.  Parece un cambio inocuo, más o menos como el de dormir en cama sin sábanas, opinan, dubitativos y mosqueados, la cabra, los caballos y las gallinas de la granja, quizás podemos fiarnos, después de todo los firmantes son constitucionalistas y no populistas, concluye el cuervo que los acompaña y alardea de tener más visión que ninguno de los otros.