Envidio a los que conservan la afición, ya que no la pasión, cinéfila de nuestra remota juventud. Hace tiempo que no consigo ver una película en una sala de cine sin consultar el reloj en cuanto la luminosidad de la pantalla permite leer las manecillas, no menos de tres o cuatro veces por sesión. Mi terapeuta me dice que esta clase de inapetencia es señal de organismos decrépitos y no de la calidad de las películas, como tiendo a argumentar cuando surge la cuestión. Esta tarde de agosto, sin embargo, cierto vacío existencial, por llamarlo de algún modo, me ha empujado al cine. El menú estival que ofrecía el único complejo multisalas de mi pueblo eran películas infantiles de animación y un surtido para adultos políticamente correctos: una peli sobre oenegés pasadas de rosca; otra sobre unas mujeres indias que se rebelan contra su condición; otra, la vida de una mujer a los sesenta; otra, un cuento tailandés con soldados afectados por la enfermedad del sueño y un médium; otra, un profesor de violín que impulsa una orquesta de jóvenes marginados; otra, un romance de amor maduro con pastel de peras de por medio, etcétera. La cartelera parece la versión ilustrada de la agenda de buenos sentimientos y malas prácticas de nuestra sociedad, una especie de prolongación dramatizada del telediario. ¿Cuándo se vio a John Wayne o a Humphrey Bogart protagonizar un telediario?, ¿cuándo hizo Ingmar Bergman una película sobre un pastel de peras? A ver qué responde a este argumento mi terapeuta. Pero, plantado en el vestíbulo de los multicines, no iba a dar marcha atrás porque no quería volver al vacío y la suerte, ah,  qué casualidad,  ha hecho que encontrara en la cartelera a un viejo conocido: Zang Yimou y a su adorable esposa Gong Li, una de las últimas actrices cinematográficas que han fascinado a la generación del cronista cuando aún les funcionaba la conexión entre la mirada y el deseo. La historia está ambientada en la revolución cultural china. Caramba, una peli a la medida exacta de un sesentayochista. La sala está vacía. Unos minutos después hay dos espectadoras además del cronista, una joven con camiseta de tirantes enfrascada en su móvil y una elegante dama vestida con un traje de chaqueta de color marfil y sandalias de tacón. Las chicas son mayoría en cualquier encuentro cultural, piensa rutinariamente el cronista cuando le llega el perfume de la dama, aunque sean solo dos. Se apagan las luces. Lo que discurre en la pantalla es una fábula melancólica, relatada con proverbial elegancia, aplaciente para un público internacional, previsible y sin pizca de rasmia. Zang Yimou es un cineasta oficial en su país, así que se anda con cuidado al rascar en el pasado reciente. Gong Li, que es una grandísima actriz, representa la edad que tiene y su personaje aún envejece más y se ve aquejado de amnesia a lo largo del metraje. Vaya manera de llenar el vacío existencial o como se llame, piensa el cronista mientras escruta la esfera de su reloj. Cuando se encienden las luces de la sala puede verse que hay una decena de espectadores, mayoritariamente sesentayochistas o, si lo prefieren, viejunos.