A cierta edad, el tiempo se vuelve un revoltijo y eres testigo de sucesos que, a estas alturas, parecen más arbitrarios que raros. Ayer supimos del fallecimiento de Víctor Mora, el creador y guionista de las aventuras de El capitán Trueno. La primera sorpresa fue que todavía viviera, incluso que no fuera tan viejo (85)  como yo hubiera dicho si me lo hubiesen preguntado. Pero la sorpresa más profunda, diríase que anidada en el cerebro reptiliano, ha sido descubrir que El capitán Trueno tuvo un creador de carne mortal. Claro que el adulto que soy  conocía este dato de primer curso de tebeología,  pero eso no me devuelve la infancia. Hay una fractura irreparable entre la experiencia del afanoso lector de las aventuras de Trueno y lo que ahora se puede saber de este tebeo, de sus autores y de la época gris y mezquina en que fue la lectura favorita de una generación. Apresuradamente, he rastreado en Internet las informaciones disponibles sobre Víctor Mora, su fértil obra como guionista de tebeos, su militancia política comunista, las circunstancias de la industria editorial en la que trabajó, etcétera, y todos estos materiales componen un mausoleo que no atrapa las emociones contenidas en aquel tebeo que cada semana llegaba como un mensaje de un país remoto al que habían llegado cuatro amigos, no solo amigos entre sí, sino también nuestros, y que en el cuadernillo apaisado escenificaban sus aventuras mediante un lenguaje pictórico diáfano y esperanzado, imposible de reproducir con las palabras que ahora empleamos pero que entonces no conocíamos.  Los héroes ideados por Mora y dibujados por Ambrós exhibían mandíbulas cuadradas y firmes, frentes despejadas, sonrisas francas y desafiantes, cabellos al viento, extremidades fuertes y un portentoso dinamismo que a menudo los representaba como si volasen en el espacio vacío de la viñeta. Trueno, Goliath, Crispín eran a la vez la cuadrilla del barrio y nuestra familia, camaradas de aventuras y hermanos de sangre, y Sigrid, el primer chispazo de erotismo cuando aún no existía la palabra, novia y madre deseadas, y maravillosamente sueca, un reino donde el incesto no parecía pecado. Pero todo eso lo hemos sabido mucho después de haberlo experimentado, cuando ya era ocioso saberlo, después de leer a los estructuralistas y querer entender la polisemia de las estructuras elementales del parentesco. Intento abrirme paso a través de la maraña de palabras que me separan de aquella experiencia prístina y me resulta imposible porque el tránsito del tebeo al libro, del pictograma al alfabeto, fue una irreparable y sostenida traición al capitán Trueno y a su mundo, que era también el nuestro. Después, en los sucesivos encuentros en mercadillos, librerías de lance y reediciones reiteradas de estos cuadernos, que en ocasiones he hojeado, solo he confirmado el carácter irrecuperable de la infancia. Maldita sea. Ahora, la muerte de Víctor Mora me recuerda que solo El capitán Trueno es inmortal.