La consulta de un amigo sobre ciertas circunstancias de las últimos días del franquismo ha puesto a prueba mi (des)memoria histórica. Tengo de aquel periodo un recuerdo gris y borroso, y la sensación, como dicen ahora los deportistas, de que más de la mitad del país era franquista a juzgar por las interminables colas de dolientes ciudadanos que le rindieron homenaje en la capilla ardiente. Luego, en los años siguientes, creo que no he leído ninguna semblanza laudatoria del dictador más allá de algunas efusiones nostálgicas que caracterizan más a quien las formula que al personaje y, en el mejor de los casos, el reconocimiento de alguna de sus virtudes negativas, que en política no son necesariamente defectos: su cautela, su frialdad, su sentido del cálculo, su impasibilidad, etcétera. A sentido contrario, las visiones críticas de su figura histórica han sido las más, incluidas las que ponían en tela de juicio su pericia militar, lo que ya es el colmo en un generalísimo. Pero ahí estuvo el tipo, al frente de la cosa durante cuatro décadas y aún, en las entretelas de nuestra psique colectiva, no nos hemos sacudido su sombra. Diríase que nos gustan los líderes idiotas y, cuanto más lo son, más perviven en el poder, como si su idiotez, entendida no solo, aunque también, en sus significados más corrientes de tontucia y engreimiento, sino en el sentido más genuino de carácter y temperamento, fuera la última ratio que los mantiene encumbrados. En resumen, apreciamos a nuestros líderes porque son como son. El setenta por ciento de la ciudadanía no quiere a Rajoy como presidente del gobierno y así lo ha manifestado de manera vehemente, inequívoca y repetida en las urnas. Pues bien, a día de hoy, el sistema está paralizado porque si Rajoy no es presidente como si tuviera mayoría absoluta, no vale ni el parlamento, ni la constitución, ni el rey ni la madre que los parió a todos. Nos gusta cómo es. También adoramos a Sánchez, que ha arrastrado a su partido a las más profundas simas electorales, y que está enfurruñado pero, de dimitir, ni hablar. Nos encanta Rivera, absorto en su infatigable papel de cuñado simpático en esta interminable fiesta de la democracia. Y amamos a Iglesias, que de su fallido asalto a los cielos ha entrado en un mutismo catatónico de bella durmiente del que quizás espere que le rescate el beso del pueblo soberano. Todos, cada uno en su estilo, nos tienen deslumbrados como a una liebre en mitad de la carretera a la espera de que el tractor nos pase por encima. El último idiota inmortal, aparecido estos días, es Arnaldo Otegi, que arrastra tras de sí toda la herrumbre de lo peor que ha pasado en este país en treinta años y que, a juzgar por sus rendidos partidarios, es el único que puede representarlos para construir el futuro. Aquí, el futuro es una procesión de momias.