Actor. Su pequeñez física tardó toda una vida en manifestarse y fue mundialmente famoso a su muerte porque se le recordó (¿se puede decir así?) por haber interpretado un personaje en el cual era invisible e imperceptible, si esto no es una redundancia. ¿Quién hubiera dicho que en ese simpático cubo de basura que emitía destellos y pitidos habitaba un hombre que lo animaba? El hecho de que en el interior de Erredós Dedós (en inglés suena menos rasposo y más entrañable, algo parecido a Arturito) hubiera un ser humano, aunque fuera bajito, choca no solo a la inteligencia artificial que orgullosamente representaba este artefacto sino con la mismísima reforma laboral del pepé que ha decretado que donde hay una máquina no haya un trabajador y si encontramos gasolineras, salas de cine, bancos, agencias de viaje, etcétera, sin servicio humano al público, el cual debe apañarse en un impaciente diálogo digital con las máquinas, ¿quién iba a imaginar que un robot que se presenta como el paradigma de la ultramodernidad galáctica estaba accionado por un operario de carne y hueso? Sin duda, Kenny pudo hacerlo gracias a su envergadura física. Esta es la hipótesis: digamos que Kenny andaba por el plató de rodaje en busca de trabajo y vio la carcasa de Arturito varada en un rincón mientras los ingenieros de efectos especiales se estrujaban la mollera buscando el modo de hacer que ese chisme que había diseñado un dibujante de tebeos se moviera de una manera que fuera simpática y ligeramente cómica, como se espera de los enanos de circo. Sin pensárselo, impulsado por el instinto condicionado por generaciones de congéneres desde los bufones de la Edad Media, Kenny se introdujo en la lata cilíndrica y empezó a manejarla de una manera desordenada y nerviosa, propia de quien no sabe cuál es su papel en el mundo, pero que a los sabios que dirigían la producción les pareció, en efecto, simpática y cómica. Preguntaron a Kenny cuáles eran sus honorarios y la respuesta les convenció de que contratarlo les resultaba notoriamente más económico que seguir experimentando con la inteligencia artificial de Arturito en el laboratorio. El caso de Kenny Baker es emblemático de la supervivencia humana a la revolución tecnológica, y quizás termine por estudiarse en las altas escuelas de negocios. En nuestro país se dan intentos similares pero son notablemente más ramplones y antiestéticos: el empleado de banca despedido al ser remplazada su labor por un cajero automático permanece en la puerta del establecimiento con un cartel anunciador de su miseria y la gorra extendida a la espera de la comisión informal del caritativo usuario. Ahora que sabemos que Kenny estaba en su interior, entendemos mejor el carácter de Arturito, guiado por una inextinguible voluntad de servicio, premioso en sus maneras y necesitado de que la realidad tuviera un orden en el que cupiera él mismo. Al final de sus días, Kenny Baker ha rendido un último servicio a la industria del entretenimiento para la que trabajó. Sus capitostes han abierto la tapa de la lata que él animaba y le han permitido ofrecer un saludo de despedida a su rendido público y el efecto ha sido como cuando se rompe la cáscara de un huevo y de su interior brota un entrañable pollito.
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