Mirar al firmamento fue siempre un acto interrogativo, hasta ahora, que se ha convertido en un evento turístico. ¿En que momento el cielo dejó de ser intimidatorio, fuente de dones y de desgracias, para convertirse en un paisaje doméstico? Aquí estamos, alegres y confiados, arropados en plumíferos, con un termo en la mano y un bastón para hacernos autofotos. Los más osados, provistos de punteros de láser, le tocan las narices a la galaxia (caray, empiezo a escribir greguerías), mientras atraviesan el aterciopelado luto celeste chispitas incandescentes que levantan en la multitud un suspiro de admiración y complacencia. Oigo una voz conocida que pregunta, ¿por qué se llaman lágrimas de san Lorenzo?, y en la poblada oscuridad de astrónomos aficionados que abarrotan la terraza del observatorio en el mirador de Arbayún creo reconocer al señor Martínez Maíllo y de inmediato pierdo el interés por el festival galáctico que sobrevuela nuestras cabezas para escrutar al grupo del que ha salido la voz y, mira por dónde, parece que es el comité ejecutivo del pepé. Cada cosa a su tiempo, responde la inconfundible y parsimoniosa voz del presidente, ¿alguna otra pregunta importante?, zanja. Se hace un silencio congruente con la magnificencia del espectáculo astronómico que acontece sobre nuestras cabezas, casi tan sobrecogedor (no es un juego de palabras) como el momento que atraviesa españa. Mira, mira, mira, qué brillante es ésa, se oye decir a un pelota que no identifico. Vuelve el silencio al grupo. Qué paz, exclama otra voz que me parece la de Cospedal. ¿Queda algo de jamón?, pregunta la voz de Barberá. Tú no tendrías que estar aquí, nos comprometes, se oye rezongar a alguien. Quisiera confirmar estas identificaciones auditivas pero no me parece adecuado, o, para decirlo de otro modo, temo que me apliquen la ley mordaza si proyecto la luz de la linterna sobre el grupo de cuerpos envueltos en mantas y cabezas cubiertas con gorros a causa del relente del lugar y la hora, y que, por cierto, parece el aquelarre de una pintura negra de Goya. Lo lamento, hoy tengo la imaginación desbocada. En la Edad Media, la contemplación del firmamento era síntoma de brujería y no serías el primero al que le llevó a la hoguera esta inocua actividad. Por fortuna, no hay riesgo de que algo así ocurra ahora, ni siquiera al comité ejecutivo del pepé, porque vivimos en una era científica. Mira, zoquete, le oigo decir al ministro señor Margallo, que es un pensador, lo que vemos son mínimos fragmentos desprendidos de la cola del cometa Swift-Tuttle que se desvanecen por ignición al entrar en contacto con la atmósfera terrestre. Es lo que les va a pasar a los de ciudadanos en cuanto entren en nuestra órbita, replica un chusco sin reprimir la risa. Bien, si no hay más asuntos en el orden del día, se levanta la sesión, se oye decir al presidente con una solemnidad roída por el cansancio, y aquí paz y después gloria, lo que hemos aprendido hoy es que en el firmamento reina un orden previsible, de sentido común, en el que cada fenómeno se produce a su tiempo porque nadie espera ver las perseidas en febrero, y aquí nos encontraremos el año que viene, si dios quiere y Sánchez se empecina en votar no en este momento tan delicado para españa que hasta San Lorenzo llora de pena, ¿ha quedado claro el argumentario, Maíllo? Vase el grupo por el foro con rumor de murmullos ininteligibles. En el cielo, los meteoritos se lanzan sobre la tierra con vocación suicida.
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La naturaleza como emblema de la conducta humana. De la mano de nuestro bloguero recorremos con pasmo y deleite el camino de la comprensión de esa conducta. Hoy la prensa nos informa de otro ejemplo, de otro símbolo, que, en este caso, parece sacado de un bestiario medieval: la figura casi mitológica de un tiburón que puede vivir 400 años. ¿En quién estaría pensando el taxónomo que bautizó con el curioso nombre de «Somniosus microcephalus», es decir, «adormilado y de cerebro minúsculo», a ese peligroso escualo, inmortal desde la perspectiva de nuestra breve vida? Sin duda, en Rajoy. Nos consolaremos con la idea de que, al menos, no se parezca a la almeja de Islandia, cuya vida supera los cinco siglos.