Excursión del abuelo y la nieta al centro comercial para tomar una hamburguesa y ver una peli. La nieta, encantada porque va a ver su película favorita y el abuelo también porque por unas horas oficiará de abuelo. La pequeña se maneja en ese complejo de ascensores, escaleras mecánicas y reclamos de luz y sonido con la pericia de un sherpa en el Himalaya. El abuelo detrás, de paquete. Primero, la hamburguesa. Mientras la nieta corretea en pos de su objetivo, el abuelo se entrega, como siempre, al pasado de su remota juventud en los primeros burger franquiciados, rutilantes buques insignia de la globalización. Por alguna razón, los burger estaban asociados entonces al progreso y a la libertad, que solo rechazaban los estalinistas rancios. El abuelo recuerda el placer de revancha histórica que le produjo que en un macdonald berlinés de Alexanderplatz le atendiera un von nosequé, según se leía en la chapa de identidad pegada al pecho del uniforme. Toma ya, un junker descendiente de la Legión Cóndor sirviendo una hamburguesa a un españolito que acaba de sacar la cabeza de las miasmas de la dictadura. Sin embargo hoy le espera una sorpresa: la reforma laboral de Rajoy ha llegado también hasta este escaparate del capitalismo global. En origen, estos establecimientos eran producto de un acuerdo entre la realidad y el deseo: comida basura para los clientes y salarios basura para los empleados en un ambiente de colores agresivamente cálidos y sabores saturados. Pide rápido, come rápido, vete rápido, y vuelve pronto. Al otro lado del mostrador, una tropa juvenil uniformada de colorines atendía con premura, y se diría que con entusiasmo, a los clientes porque estos rasgos eran característicos del negocio. El escenario era una fiesta auroral en la que los jóvenes empleados podían soñar con un futuro laboral mejor y los clientes con una inolvidable experiencia del capitalismo que, en todo lo demás, estaba fuera de su alcance. Pero hoy solo un muchacho y una mujer, ambos de origen inmigrante, están al cargo del negocio. El primero toma la comanda, reúne los menús, sirve las bandejas, provee las bebidas y prepara los postres a un ritmo chaplinesco en modo Tiempos modernos, sin un segundo de descanso y con una diligencia y eficacia que para sí quisiera en su oficio la ministra de trabajo, doña Fátima Báñez o como se llame. Al fondo, en la cocina, la mujer manipula con la misma competencia y sin guantes profilácticos las porciones de carne picada, las rodajas de tomate y las lonchas de queso que constituyen el manjar solicitado. El resultado inmediato es una interminable espera en cola con las criaturas agitadas e impacientes alrededor. Bastaría que los señores De Guindos y Montoro estuvieran en el pellejo del abuelo en esos momentos para que comprendieran de inmediato la realidad que gobiernan. Luego, la peli, Pets, resultó ser una apología animada de urbanitas estresados y mascotas neuróticas a ritmo endiablado, como diseñado por un empresario de hamburguesería, y con un rumor de palomitas masticadas de fondo. Al final de la jornada, el abuelo se sentía feliz porque la nieta había disfrutado de lo lindo. El capitalismo también.
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