Recuerdo un detalle ínfimo que me llamó la atención en la desasosegante película de Pier Paolo Pasolini, Saló o los 120 días de Sodoma. Los muros de aquella mansión horrenda donde un grupito de viejos prebostes sometía a toda clase de sevicias a un puñado de jóvenes estaban adornados, no con vetustos retratos góticos, que quizás hubiera sido lo previsible si la película fuera del género gore, sino con lienzos reconocibles de pintores futuristas y de otras vanguardias. Este toque escenográfico era, como todo en aquella película, una provocación al espectador progre que formaba el público del cineasta italiano. Pasolini quiso situar con precisión aquel infierno en la república fascista de Saló y a la vez lanzar el mensaje (subliminal, diríamos, si el término significase algo) de que ni el progreso técnico ni la evolución de las artes, es decir, los rasgos más preciosos de la humanidad, tienen que ver con la moral y la política. He vuelto a recordar esta impresión que recibí de Saló al ver las imágenes de los tediosos encuentros de Rajoy con sus adversarios/socios Rivera y Sánchez, donde las víctimas de las sevicias somos los votantes, que se celebran bajo notorios lienzos de Antoni Tàpies y Martín Chirino. He aquí un ritual de política decimonónica, un tejemaneje de cánovas y sagasta, trufado de cálculos ratoneros, marrullerías, ardides, medias verdades y mentiras completas, presidido por pinturas que hace cincuenta años creímos iconos de la libertad y el progreso. En el tedio del estío, era inevitable que un periodista dedicara una crónica al ornamento artístico de las conversaciones por antonomasia. Pero somos un país anecdótico, desde el rey hasta el último mono de la jaula, y también era inevitable que el tratamiento del tema fuera anecdótico. El periodista se pierde en la presunta simbología de las pinturas y en particular en la no menos inevitable cruz característica en los lienzos de Tàpies, que puede ser interpretada en ese contexto como el símbolo de la suma, etcétera. Propongo una explicación con perspectiva histórica. Del mismo modo que los futuristas italianos declinaron hacia el fascismo, lo que hacía pertinente la presencia de sus obras en una sede de la república de Saló, los expresionistas abstractos surgieron en los años cincuenta de la imposibilidad de explicar el mundo que habían heredado. Los norteamericanos, De Kooning, Pollock y los demás, fueron incluso promocionados por las fundaciones culturales de su gobierno a fin de mantener la atención del público alejada de la realidad de la guerra fría. En cuanto a los españoles, Tàpies, Chirino y demás, tuvieron que hacer su obra en un país donde la realidad simplemente estaba censurada por decreto. Así que no es una ironía que presidan despachos oficiales y los encuentros que en ellos se celebran. Arte abstracto y política de consenso, dos maneras de ocupar el vacío, dos fuentes inagotables de interpretaciones semióticas, que dan empleo a críticos de arte y analistas políticos, y que nos tienen a los demás con la boca abierta y las espaldas molidas.
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