Bien, los autores de la representación o gamberrada de Platja d’Aro ya han debido comprender el grado de sensibilidad del lienzo en el que trazaron su repentina creación. Arte callejero, juego de desocupados, aburrimiento, simulación, la acción desencadenada en el paseo marítimo de esta plaza turística resulta inaprensible. De hecho, cuesta entender en qué consiste, incluso después de leer atentamente la crónica del suceso. Quizás por eso los medios han puesto en circulación para nombrarla un neologismo en inglés paticojo, flashmob, que en castellano de jerga podría traducirse por quedada. Unos tipos convocados en un punto de la ciudad persiguen o fingen perseguir a otro con gran alboroto por calles muy frecuentadas. ¿Para qué?, ¿para provocar alguna reacción entre el público que pasea por la acera y ocupa las terrazas?  Si es así, caben dos resultados. Que el público reciba con indiferencia este despliegue de gritos, aspavientos y carreras, o que, como de hecho ha ocurrido, sea presa del pánico. En el primer supuesto, el resultado es una bobada de menguados; en el segundo, un delito de orden público con daños físicos y materiales susceptibles de reclamación judicial. Los surrealistas predicaron que la más alta obra de arte era salir a la calle armado de un revólver y disparar indiscriminadamente contra la multitud. Desde entonces, la calle ha registrado innumerables obras de arte de este tipo, incluso mucho más sofisticadas e impactantes de lo que imaginaron nunca los surrealistas, las cuales han dejado en el público una sensibilidad lindante con la histeria. Los surrealistas no cambiaron el mundo, pero quienes siguieron literalmente su conseja, sí. En este contexto, qué sentido tiene una quedada, vale decir, un encuentro de vagos. Los autores de la gansada parecen creer todavía que divertimento es echarse a la calle para perturbar a la audiencia, como si la sociedad no estuviera lo bastante alterada por los datos de la realidad y necesitase un teatrillo para darse por aludida y reaccionar en consecuencia. Una mezcla de petulancia e infantilismo ha inspirado the flashmob; es la vieja Europa que se siente juvenil en una cálida noche estival a la orilla del Mediterráneo.