Santería, una palabra cualquiera, que aparece aquí, no por lo que designa o significa, sino porque, después de seis o siete horas la he recuperado, con ayuda de la parafernalia googlelesca, del agujero de olvido en el que la estaba confinada. La historia que ha dado lugar a este rescate es trivial, como el rescate mismo. Café de media mañana con mi amiga inglesa: el hilván de la charla discurre por los atuendos veraniegos y nos lleva al color blanco, y de ahí, no sé cómo, al cándido avío de las oficiantes de esa religión cubana de origen africano, que fuman habanos y agitan ramos vegetales en su rituales, ¿cómo se llama?, sí, hombre, lo tengo en la punta de la lengua. Para que mi interlocutora sepa que sé de qué está hablando, me apresuro a confirmar, sí, lo sé, esas que expelen el humo del cigarro sobre la víctima del maleficio para librarla de él. Pero la palabra precisa que designa el ritual sigue oculta cuando la conversación ha terminado por los cerros de Úbeda y los contertulios se han despedido, presas de malestar porque dejan atrás un vacío, no solo comunicacional sino, cómo decirlo, existencial. El agujero de la memoria borra el pasado de los viejos, que tampoco tienen futuro, y convierte el presente en su único patrimonio. Dejemos de lado el tópico de que estos lapsos de memoria, que generalmente se refieren a nombres concretos, puedan ser síntoma precoz del mal de Alzheimer o, como sugiere Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana, una muestra de la represión que arrastramos. Lo primero tiene que ser diagnosticado y lo segundo es opcional creerlo, pero ni una ni otra causa explica cabalmente la frecuencia de estos agujeros repentinos entre los mayores de sesenta. Tengo para mí que estos olvidos  -por fastidiosos que sean, y más si, como es habitual, otro contertulio es testigo de tu flaqueza- se producen porque de alguna oscura manera lo quiere el que los padece. Es un mecanismo reflejo para preservar lo que nos queda de libertad. Simplemente, ser viejo quiere decir, entre otras cosas, dejar atrás la indeseable carga del pasado, lo que implica olvidar las palabras que lo nombran. Es cierto que este olvido delata nuestra madeja neuronal como un tejido ajado y lleno de sietes, pero más grave sería perder la vista u otro sentido o la cohesión del esqueleto que nos mantiene en pie,  riesgos que también nos merodean, y, si vamos a eso, ¿en qué mejora la calidad de nuestra existencia saber a bote pronto cómo se llama la religión yoruba que se practica en Cuba?, ¿cuántos rozagantes bachilleres de la era Wert podrían responder a esta pregunta sin consultarlo a su smartphone?  No tener memoria es ser joven, éste es el lado bueno de la cuestión. Ser viejo significa también comprender que el mundo gira sin tu concurso, así que ¿para qué esforzarse en aprehenderlo? Mi amiga inglesa se vale en la cocina una mandarra en la que puede leerse este desafiante lema: “fuck Google, ask me”. Y es que los viejos no tenemos remedio.