Habría que preguntarse si la creciente infantilización de la sociedad, la prolongación de la adolescencia en los jóvenes, el impostado rejuvenecimiento de los viejos y otros indicadores que convierten nuestra sociedad en un jardín de infancia no han terminado por contaminar los usos políticos. Las declaraciones públicas de nuestros infatigables prebostes tienen el contenido y el tono de una deposición ante el padre prefecto, con un triple objetivo: afirmar la propia inocencia, resaltar la culpabilidad de los otros y ocultar la naturaleza de los hechos que se les imputan. Es la regla de oro de Bart Simpson, el monigote televisivo del que han aprendido educación para la ciudadanía las generaciones por debajo de los cincuenta: 1) yo no he sido, 2) cuando llegué ya estaba roto y 3) qué gran idea la suya, señor director. Hay que ser muy astuto y conocer muy bien las rígidas y resecas normas del internado para extraer alguna ventaja de su funcionamiento. Y he aquí que Rajoy ha conseguido de la rutinaria comparecencia con el rey (la institución más inútil en un sistema pródigo en instituciones ociosas), no que forme gobierno, que era de lo que trataba el trámite, sino su confirmación personal como líder del cotarro. Sus serviles portavoces lo han interpretado de inmediato: El no de Ciudadanos a Rajoy es un no al rey”. Nada menos. ¿Quiere decirse que quienes se oponen a Rajoy se oponen al rey? No fuera malo porque significaría que la república está al alcance de la mano. Hace falta ser descarado, marrullero y ventajista, como solo lo puede ser un portavoz del pepé, para reducir a esta mísera conclusión el trámite de consultas con el jefe del estado y las expectativas que despierta. Pero no le falta razón al pelotillero. El esforzado Rivera, empeñado en ser el más listo del colegio por méritos propios, se ha quedado sin su plan a, un gobierno de los tres partidos constitucionalistas, los tres mosqueteros de la democracia, sin Rajoy. Le queda el plan b, contradictorio con el anterior, pero qué importa, a saber, que todos se abstengan para que sea Rajoy presidente de un gobierno del pepé. La tercera opción, en su cómputo, es el abismo: nuevas elecciones. Nos atrevemos a sugerir a Rivera que, en esta tesitura, no se presente a las urnas y así Rajoy se libraría de una china en el zapato. En cuanto a la izquierda, ya hará lo que pueda con su abstención. En esta perspectiva, resulta que el encargo real para que Rajoy forme gobierno no es para ahora mismo, sino para después de las próximas elecciones. Como sabemos los españoles de cierta edad, la Constitución del 78 lo tiene todo previsto, lo que nos permite dormir plácidamente por las noches, chupándonos el dedo pulgar.