Vivimos en un estado de teleñecos. Michael Portillo, hijo de un exiliado republicano español en Gran Bretaña, es decir, hijo de la mayor tragedia reciente de este país, fue durante un tiempo el delfín de Margaret Thatcher hasta que algún avatar que no recuerdo y que no voy a consultar en la Wikipedia lo apartó de la política. He vuelto a encontrarle el otro día en uno de esos soporíferos documentales de sobremesa que emite La 2, en el que protagoniza una serie de viajes por Europa. Armado con una vetusta ý manoseada guía turística de la época eduardiana y ataviado como un viajero de lujo, con una elegancia distintiva y ligeramente estridente, Portillo visita hoteles, palacios, estaciones de veraneo y añejos establecimientos comerciales de una Europa que, en efecto, no existe excepto para la restringida clase a la que él representa. Lo curioso es que a los telespectadores nos parece natural este deslizamiento de la política a la televisión, y vuelta, porque en nosotros mismos no podemos distinguir si somos ciudadanos o televidentes. Lo que nos molesta de la situación política actual no es lo que significa en sus propios términos políticos sino lo tediosa que resulta en el telediario y sobre todo el fastidio que significa que tengamos que levantarnos del sofá para ir otra vez a las urnas. Tal vez, de haber seguido en la política, Portillo, que no es más europeísta que su correligionario Cameron, hubiera dirigido, con el apoyo del pueblo televidente, la salida de su país de la UE, pero, como ya no está en ese negocio, se dedica a publicitar el turismo europeo de alta gama en la televisión. Entretanto, aquí, donde es imposible encontrar ninguna similitud formal entre nuestros dirigentes y los remilgados ingleses, la hibridación de política y espectáculo televisivo tiene lugar en los realities que frecuenta el pueblo llano. Estos días hemos sabido que dos rutilantes líderes podemitas –Iglesias y Monedero- estaban enfrascados en cotorrear sobre el destino onírico que les merecía una presentadora de televisión. El regodeo de ambos líderes, inevitablemente registrado y descubierto en una red de Internet, es ofensivo para la presentadora, irritante en general e impropio, si eso significa algo, de alguien que lleva meses postulándose como (fallido) presidente del gobierno. Pero acaso lo más significativo del asunto es que, con la que está cayendo, dos políticos de referencia, que se supone que quieren transformar el país, ocupen su tiempo y sus intercambios de mensajería en lo que a todas luces es una tabernaria fantasía erótica… de origen televisivo. El movimiento podemita nació en la televisión y hay indicios para creer que a sus dirigentes les cuesta distinguir el ágora del plató. Quizás debieran preguntarse por qué gana las elecciones el político con peor telegenia del país. Claro está, Iglesias se ha apresurado a pedir disculpas urbi et orbi por sus comentarios. En un país calvinista le hubieran exigido la dimisión pero aquí somos católicos y hacemos como el papa de Roma, pedir disculpas desde el balcón del Vaticano por haber perseguido a Galileo, y hasta la próxima.
Entradas recientes
Comentarios recientes
- Rodergas en Nombres delirantes, lenguaje triturado, realidad mutante
- Casandro en Crónica de la España hueca
- M. en El sol no sale siempre
- Rodergas en El desfile de los necios
- ManuelBear en Yo también seguí a Hernán Cortes
Archivos
Etiquetas
Alberto Nuñez Feijóo
Albert Rivera
Brexit
Carles Puigdemont
Cataluña
Cayetana Álvarez de Toledo
Ciudadanos
conflicto palestino-israelí
coronavirus
corrupción
Cristina Cifuentes
Donald Trump
elecciones en Madrid
elecciones generales 2019
elecciones generales 2023
Felipe González
Felipe VI de Borbón
feminismo
Gobierno de Pedro Sánchez
guerra en Gaza
independencia de Cataluña
inmigración
Inmigración en el Mediterráneo.
Inés Arrimadas
Irene Montero
Isabel Díaz Ayuso
Israel
Joe Biden
José María Aznar
juan Carlos I de Borbón
Mariano Rajoy
Pablo Casado
Pablo Iglesias
Partido Popular
Pedro Sánchez
poder judicial
Quim Torra
referéndum independentista en Cataluña
Santiago Abascal
Ucrania
Unidas Podemos
Unión Europea
Vladimir Putin
Vox
Yolanda Díaz