Un tipo avanza amorrado a la pantalla luminosa de su dispositivo móvil en persecución de pokémons cuando recibe un balazo entre los ojos que lo deja tendido en la acera. Un episodio de lo que llamamos conflicto de civilizaciones. El ensimismamiento infantiloide e hipertecnológico de occidente frente al oscuro resentimiento de oriente. Entre el victimario y la víctima, un mar cálido, plagado de pateras a ninguna parte y de cadáveres a la deriva; la laguna Estigia que separa la vida y la muerte. La confusión alcanza a la calificación misma del atentado: ¿ha sido provocado por un comando yihadista, por una célula durmiente, por un lobo solitario? Todas las hipótesis, formuladas en términos muy evocadores, son posibles, como impepinablemente declara la policía de inmediato. Más adelante, la misma fuente decreta que el atentado fue un acto de locura de un muchacho con antecedentes clínicos por depresión. Pero la locura no es un término científico y no impidió que el sujeto organizase la emboscada a sus víctimas con extraordinaria pericia a través de facebook y que tuviera munición suficiente para llevar la matanza tan lejos como le permitieron las circunstancias. Durante unas horas, el homicida fue dios; un dios elusivo y vengativo, como el que cualquiera puede experimentar cada día. La afirmación de que no tenía nada que ver con redes yihadistas, difundida por la policía, quiere ser tranquilizadora. Ya se han registrado otros ejemplos de contigüidad entre la motivación islamista y otras menos aprehensibles en matanzas perpetradas por tiradores en Estados Unidos. Pero, ¿qué es el yihadismo sino un juego de rol? ¿Qué significa el baile de máscaras de un joven alemán, hijo de exiliados iraníes, que mata alemanes para reivindicar su alemanidad? Dos placas tectónicas entrechocan bajo nuestros pies: una sostiene la sociedad abierta, el bienestar económico, los derechos del individuo y la alta tecnología; la otra, la tribu, el paraíso que nadie ha visto y el desierto que devora los sembrados. No tienen una ubicación física precisa, como lo demuestra el atentado de Munich y, el mismo día, el de Kabul -la ciudad que los buenos occidentales liberamos de no se sabe qué, hace no sé cuántos años- y que ha provocado ochenta muertos más el correspondiente terrorista suicida. Los homicidas de Munich y Kabul demuestran que se puede tener un pie posado en cada uno de los dos mundos. Una conciencia escindida, que tiene por fuerza efectos  alucinatorios: detestan el mundo en el que viven, pero temen más al mundo que les han prometido, así que su objetivo es salir de este embrollo llevándose por delante a los que pasaban por ahí. Una actitud no muy distinta a la del piloto de la Lufthansa que estrelló su avión con todo el pasaje porque no podía soportar que le retiraran la licencia de vuelo a causa de ciertas insuficiencias físicas que él conocía bien pero que no le habían sido oficialmente detectadas, y antes de que eso ocurriera, todos al paraíso.