Dos diputados de izquierdas –el socialista José Zaragoza y el podemita Manuel Monereo- se han enzarzado con ganas en la sesión de constitución del congreso. Tienen cuentas pendientes, según parece, todas muy interesantes para sus electores: que si la pinza de Anguita, que si la cal viva de Barrionuevo y Vera, cosas así, de plena actualidad e importancia universal. Una trifulca de tarantos y montoyas. El cemento de la opinión pública esta teselado de anécdotas y esta fue ayer una de las más publicitadas. Otra fue la camiseta vindicativa del diputado Diego Cañamero, trending topic que nos trae aromas vintage de campo irredento, reforma agraria pendiente y anarcosindicalismo andaluz. Lástima que nuestro iPad no tenga una app Gerald Brenan para disfrutar de este videojuego en su justa medida. En esta ocasión, al parecer, el bebé de Bescansa ha salido del periodo de lactancia y no ha comparecido en el hemiciclo. Le deseamos que crezca sano y fuerte, no como la niña de Rajoy, a la que devoró su padre. Entretanto, el mencionado Rajoy ha colocado a una cocinera de toda su confianza al frente del parlamento y ha colonizado sus órganos de gobierno con el mero magnetismo de la nada. El ciudadano Rivera, como era previsible, se ha rendido a sus encantos y los nacionalistas periféricos le han hecho la cobra, como se dice ahora, a un hipotético gobierno alternativo de izquierdas votando en blanco, es decir, votando al pepé. Zaragoza y Monereo van a tener tiempo y ocasión para continuar con sus quisicosas durante la legislatura, igual que los republicanos tuvieron cuarenta años de exilio para dirimir sus cuitas. Cuando terminó la hibernación, habían desaparecido. La próxima anécdota, esperada por la afición, es la rendición de Sánchez: ¿se cortará las venas?, ¿se dará un cabezazo contra la pared?, ¿aceptará la copa de cicuta que le ofrece un coro de adversarios? A quién le importa. Las tragedias modernas están despojadas de catarsis. Un par de minutos de telediario y a otra cosa. La historia principal ocurre en un nivel más profundo del escenario, sin acompañamiento musical y casi en la penumbra. En un contexto internacional que pone los pelos de punta, el tenaz y contumaz Rajoy hace tabula rasa de la corrupción política, la desigualdad social y el descrédito institucional acumulados durante su mandato y formará un gobierno a su medida, inepto, pero no más que la oposición que tiene enfrente.
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El gobierno que se avecina será “inepto, pero no más que la oposición que tiene enfrente”. Hoy Manuel Bear se muestra pesimista. Y con razón: hace nada, unos pocos meses, muchos creían que Rajoy tenía los días contados en la escena política. De hecho, su retirada habría solucionado, probablemente, un buen número de problemas. Pero Rajoy no sólo no se ha hecho a un lado, sino que ha logrado fascinar (“aojar, embrujar, hechizar”) al resto de los partidos y hacerles bailar al son de la música de que ellos son los únicos culpables de las dificultades para formar gobierno o de la ominosa amenaza de unas terceras elecciones. Se parecen al legendario pajarillo hipnotizado por la serpiente. Pero las serpientes no poseen tal habilidad; no hipnotizan a sus presas, sino que esperan pacientes e inmóviles a que éstas, estúpidas, bajen la guardia o miren a otro lado para, luego, zampárselas.
Tengo que reconocer que Rajoy es una vitamina insuperable para el pesimismo (político y antropológico) pero me asombra más la estupidez y el ensimismamiento de la izquierda. Después de todas las vueltas dadas en estos meses, resulta que cada partido ha vuelto a su querencia y la única novedad en el escenario es una izquierda fraccionada en dos partes iguales e irreconciliables. Stupendo, que diría un monigote de Forges.