El disparo del cohete anunciador de las fiestas de mi ciudad, que acabo de oír mientras escribo estas líneas, decreta la muerte de cualquier discurso, por fragmentario y sincopado que sea, como lo son los de esta bitácora. La fiesta estalló, no hay otro modo de decirlo, como dejó escrito el clásico. Es turno para que el escribidor divague ahora sobre Hemingway, la fiesta de los toros, pro o contra, o sobre la guerra de las banderas, que es otro tópico municipal prefestivo desde hace más de tres décadas y que también este año ha tenido su correspondiente episodio, pero me ahorraré la tarea en la seguridad de que tendré el agradecimiento de los seguidores de este blog. Si quieren saber cómo es la cosa, pueden darse una vuelta por aquí; hay alcohol en abundancia y una tradición orgiástica que se niega a desaparecer, si bien, no se equivoquen, se desarrolla en un orden minuciosamente pautado. Y no olviden venir de punta en blanco. A los sanfermines les pasa lo que a Ernest Hemingway, que los situó en el mapamundi hace noventa años: ambos han sido secuestrados por su propia imagen. Las fiestas de mi pueblo son hoy más fotogénicas que misteriosas y más rutinarias que sorprendentes.  Así que, silencio, ya hay bastante murga en la calle y cuando se tiene cierta edad el primer y único impulso es la fuga. En eso está el autor de estas líneas. Aviso, pues: esta bitácora permanecerá inerte hasta segunda quincena de julio. Felices vacaciones.