Urgencias prevacacionales, para quien pueda permitírselas. Revisión y acicalado del vehículo antes de emprender viaje. El automovilista madruga para evitar aglomeraciones en el túnel de lavado pero llega demasiado pronto y el chisme no está operativo. La empresa ha recortado la jornada de sus empleados y entran más tarde, pero lo puede hacer usted mismo, le sugiere la cajera con un bostezo, le quedará igual de bien: introduce el vehículo en un cobertizo, se acerca a un expendedor automático y elige una función (lavado simple, con jabón, con abrillantador, etcétera), introduce un euro o dos, según el grado de afecto que espere de la máquina, toma una manguera y asperja el agua a presión sobre la carrocería, de arriba hacia abajo, advierten las instrucciones. Mientras el usuario barre nerviosamente la mugre del vehículo con la lanzadera recuerda cuando podía llegar a cualquier hora al garaje y por el equivalente a cincuenta céntimos de euro su vehículo recibía una esmerado y casi erótico tratamiento de lavado a través de cortinas de agua jabonosa, enérgicos frotamientos de gigantescos cepillos multicolores y una cálida corriente de aire final que lo secaba por completo; incluso podía pasar el aspirador por la tapicería interior sin coste adicional. Ahora, la aplicación de su propio esfuerzo le cuesta, no medio sino cinco o seis euros. Hágaselo usted mismo y pague. Es una economía de servicios sin servidores. Una economía extractiva. El automovilista es un viejo al que le tocó hacer la mili y piensa que, en términos militares, ha pasado del cuerpo de caballería al de infantería motorizada, obligado a proveer los cuidados a su carro. Es lo que los economistas llaman ahora el declive de la clase media. En el cobertizo de al lado, otro automovilista está entregado al mismo afán con su manguera. Los dos comprueban con inquietud que quién tienen delante es su clon: calvo, con la nuca coquetamente rasurada, gafitas de miope, pantalones de batalla, zapatillas deportivas y bigote de nieve para adornar el yermo inexpresivo de la cara. El usuario y su clon se miran fastidiados y apartan la mirada de inmediato para no reconocerse en lo que son: dos indistinguibles machos maduros de la especie homo rajoyensis, obligados a sostener la herramienta de trabajo con una mano y a soltar la pasta con la otra en un entorno en el que han desaparecido obreros y empresarios. Los primeros han sido sustituidos por antipáticos robots y los segundos por un logotipo con una ranura que absorbe monedas de euro, las cuales, convenientemente apiladas y convertidas en billetes de quinientos, terminarán en la cámara acorazada de algún soleado paraíso fiscal. Los dos usuarios idénticos no pueden evitar que sus miradas se crucen. Este, seguro que ha votado a podemos; este, seguro que ha votado al pepé, piensa cada uno de su sosias, presos de un irreprimible rencor recíproco.