¿Dónde está el millón de votos que le han volado a los unidos-no-podemos y dónde los seiscientos mil que se ha encontrado el pepé en la bolsa? El ocioso jubilado sale a la calle en busca de respuestas. La mirada de los peatones es tan apagada y evasiva como siempre. Todos afanados en sus asuntos, como si nada hubiera pasado. Hay que acercarse a alguna conversación de café o de acera para detectar un eco apenas inteligible de lo ocurrido el domingo. Esta opacidad de las pruebas es la que permite a sociólogos y opinantes especular a cascoporro. Los sondeos y las tertulias son el confeti de la democracia y la democracia es un sistema en el que la conciencia política de los ciudadanos se moviliza momentáneamente a fecha fija mediante un chispazo destinado a activar, y también a legitimar, el funcionamiento de la máquina. Después, en algún estrato superior de la atmósfera esta controlada descarga eléctrica provoca rayos, truenos y precipitaciones. Los rayos caen lejos, los truenos son inaudibles y, en cuanto a las precipitaciones, tanto pueden ser un manso y vivificante aguacero como un pedrisco que destroce lo sembrado, según la suerte de cada uno. Horro de evidencias sobre el terreno, el jubilado levanta la mirada a las nubes, que es donde buscaban inspiración los antiguos, las cuales le otorgan una intuición que explique el misterio. Veamos. El cuerpo electoral se compone de tres partes, baja, media y alta, según el lugar que ocupa cada sillar en la columna de la fortuna. Los que habitan la parte baja, gente sin recursos, marginada de los beneficios del sistema, golpeada en sus condiciones de vida y airada por la injusticia de que es objeto, no han votado porque ya lo hicieron con ganas en ocasiones anteriores y se han cansado de la inoperancia de los llamados ayuntamientos del cambio, del arrogante ensimismamiento de los partidos a los que votaron, de la interminable prórroga electoral y de los meses malgastados para la resolución de sus problemas en medio de un galimatías en el que han sido sucesivamente comunistas, socialdemócratas, transversales, patriotas o bolivarianos, sin que ningún calificativo les rentara provecho alguno. Los residentes de los barrios altos no necesitan votar porque sus privilegios son intangibles cualquiera que sea el resultado electoral, pero como a todo ser vivo, les gustar experimentar emociones, y en esta ocasión han sentido un ligero estremecimiento inducido por el señuelo de que la columna sobre la que anidan se viniera abajo, así que de manera cautelar han votado a quien ampara sus hábitos: pagar lo menos posible a sus empleados, escaquear impuestos, tener servicio doméstico en régimen de semiesclavitud, y, en caso de apuro, poner la pasta a buen recaudo en alguna isla del tesoro. La franja media del espectro es la más ancha y, descontados los que por arriba todavía aguantan en el palomar y han votado derecha, y los que por abajo han sido desahuciados, que no han votado, aquí reina la izquierda visible, ya sea tradicional o emergente, la que produce la teoría y estimula la práctica y, gloriosamente, se siente la intérprete y artífice del futuro. En esta zona clave ha reinado la confusión: izquierdistas unidos que no querían unirse, podemitas estrictos que rechazaban ser socialdemócratas, socialistas históricos que adoran a un tótem neoliberal con la cara de Felipe González, patriotas que no votan porque esta no es su patria, progres que creen que ya han progresado bastante, ácratas que entienden que ha llegado la hora de dejarse de urnas para fundar una comuna, todos interactuando en un tejido lleno de agujeros por los que se han deslizado los votos mutantes. Hasta la próxima.
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