La geografía del voto en el referéndum británico revela que los partidarios de exit han ganado en las regiones del centro y norte de Inglaterra -la famosa campiña y las ciudades de la industria hoy extinta-, caracterizadas por una fuerte identidad nacional inglesa y un no menos intenso declive económico. Los partidarios de la permanencia han resultado victoriosos en Escocia, Ulster y Gibraltar, donde impera también una identidad nacional propia que no se reconoce como inglesa y la economía está menos desequilibrada, sea por el petróleo, en el primer caso, por las ayudas de Bruselas en el segundo o por el comercio con España y su condición de plaza financiera off shore en el caso del Peñón. Londres era la única zona donde la apuesta por la permanencia estaba descontada, por razones obvias. De modo que el resultado del referéndum puede explicarse por una letal combinación de fracaso socioeconómico y de pulsión nacionalista. En resumen, por el declive del estado nacional clásico, que es el despojo institucional más notorio de la globalización. Lo menos que se puede decir sobre el caso es que las élites británicas han creado un país dual, que se ha manifestado como tal a la primera oportunidad y cuyas líneas de fractura, una vez desguazada la izquierda clásica, pasan por el populismo nacionalista. La diferencia porcentual entre partidarios de una u otra respuesta a la pregunta de la papeleta ha sido muy pequeña, lo que permite creer que el dilema podría haber sido resuelto con políticas más proactivas y redistributivas, y sin el tosco recurso al referéndum. En esta ocasión, los conservadores han querido jugar la carta del nacionalismo para sacar ventaja de la situación forzando nuevas concesiones de sus socios europeos y les ha salido el tiro por la culata. Si el estado-nación se ha vuelto inoperante, el referéndum, que es su ritual de legitimación más conspicuo, se ha vuelto explosivo. El referéndum es un mecanismo cesarista entre tramposo y lábil porque, o bien se realiza sobre una población cautiva y sin alternativas, como hacía Franco e hicieron Adolfo Suárez en 1977 y Felipe González en 1986, que ahora gallea contra Cameron, o bien se convierte en una tirada de dados en la que puede salir cualquier resultado para disgusto de todos, porque lo primero que revelan estos plebiscitos aleatorios es la división de la nación, algo que a nadie le gusta experimentar, como se ha visto en el Reino Unido, y antes en Escocia, donde quieren repetir el referéndum de independencia, y se verá probablemente en Cataluña si sus promotores no cierran un acuerdo previo y, en ese caso, ¿para qué convocar el referéndum? El referéndum para la adopción de decisiones es un recurso de vagos y de taimados y la ocurrencia de construir o deconstruir una entidad política a golpe de plebiscito es una locura. Todos los celebrados en países europeos y relacionados con la UE antes que el británico del pasado jueves han significado retrasos, obstáculos y excepciones en el funcionamiento de las instituciones comunitarias sin que por eso aumentara su eficacia, ni mejorara el estatus del país ni las condiciones de vida de sus ciudadanos, que con toda probabilidad ya habían olvidado al día siguiente el sentido de su voto y sus consecuencias. Durante la redundante campaña electoral española, que por fin terminó ayer, los partidos no habían dedicado ni un minuto al Brexit, cuyo resultado, al parecer, les resultó entre sorprendente e indiferente, como a cualquier hijo de vecino. Una de las preocupaciones publicitadas en el telediario era ayer si el futbolista galés Bale sería jugador extracomunitario en el Real Madrid, un asunto que nos tiene a todos en un sinvivir. Una vez más, el inefable Rajoy, lector de Marca, dio la nota, proclamó que no había de qué preocuparse, ni por Bale ni por nada, y que nosotros, a lo nuestro, y más o menos lo mismo vinieron a afirmar los demás candidatos en liza, con el añadido de que la culpa la tiene el otro. Esto es Europa y así hemos llegado al día de reflexión.
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