El Reino Unido ha decidido abandonar el tablero cuando ha considerado que las ganancias del juego habían llegado a su final, la suerte había cambiado y más valía salir del garito antes de que empezaran las pérdidas. La Unión Europea como mesa de casino. Es lo que tiene dejar la gobernanza del que acaso sea el más ambicioso proyecto político después de la segunda guerra mundial en manos de crupieres. David Cameron procede de una larga tradición de regates y negociaciones privativas practicadas por los gobiernos británicos para que su país ingresara, primero, y permaneciera, después, en el club europeo en condiciones siempre excepcionales y, para qué negarlo, también provisionales. Luego, claro está, los ingleses cumplían sus compromisos y hacían su papel con la seriedad, eficacia y el sentido del honor que se les atribuye. Todos admiramos la excentricidad británica, lo que debemos preguntarnos es si to be british consiste en que otros te bailen el agua. Cameron pertenece a esta cepa de las elites de Oxbridge que combinan admirablemente la excentricidad y la arrogancia y, en su última jugada, pretendió cambiar una vez más las reglas del juego sobre la marcha para seguir en la mesa; lo consiguió en parte pero, más chulo que un torero (algo se les ha pegado de tantos jubilados británicos varados como lagartijas sonrosadas al sol de España), decidió rematar la faena con la sanción de un referéndum. Lo que no parecía imaginar el pomposo Cameron es que Gran Bretaña es ya tan europea que en su sociedad y en la clase política ha arraigado la peste, tan característicamente continental, de los movimientos nacionalistas y  xenófobos y de los oradores de cervecería que están al borde del asalto al poder en Francia, Alemania, Holanda, etcétera, y mira por dónde, los impertérritos ingleses les han mostrado el camino. Referendos a tutiplén para despedazar la Unión Europea y volver a los buenos tiempos de Santa Juana de Arco, el Anillo de los Nibelungos y Vlad Dracul el Empalador. En los años treinta, el movimiento fascista inglés de sir Oswald Mosley fue una excentricidad de la clase alta británica (los de Downton Abbey, para que lo entiendan los televidentes), que el parlamento y el pueblo inglés (s.p.q.b) contemplaron con desdén y manejaron con facilidad. Ahora, estos tipos tan castizos han ganado el referéndum y quién sabe si en breve también las elecciones. Bienvenidos a lo peor de Europa, británicos.