Recuerdo la emoción que me embargó cuando vi por primera vez una huella de dinosaurio. Más tarde, los dinosaurios entraron en nuestra vida cotidiana en todos los formatos y materiales, tan familiares como cualquier mascota, y entre las proezas de mi existencia está la de haber acariciado, junto a otros millones de turistas distraídos, un hueso de uno de estos bichos legendarios expuesto a este fin como una reliquia en cierto museo de ciencias naturales, ahora que el llamado pensamiento científico aspira a ocupar el lugar del pensamiento mágico, volviéndose mágico él mismo. Pero mi primera visión de la huella de dinosaurio sobre el terreno en La Rioja fue una epifanía anterior al imperio del parque jurásico en el que las autoridades de esa provincia han convertido el entorno del lugar. Fuimos de excursión guiados por nuestra amiga bióloga Itziar Agirrebeitia y ahí estaba la huella, clara y profunda en el lecho de un antiguo arroyo entre otras de menor nitidez, de una gallinácea gigantesca que parecía que hubiera pasado hace un instante quizás ahuyentada por nuestro grupo de curiosos excursionistas. En aquella visión había una ironía casi cómica: el paso atropellado de un pollo que huía de su depredador hace doscientos cincuenta millones de años había dejado en la tierra una impronta infinitamente más intensa, más antigua, más veraz y más duradera que las pirámides egipcias o mayas, las catedrales medievales y, desde luego, los monumentales adefesios que ornamentan nuestras rotondas de carretera. La huella del dinosaurio estableció de manera insoportablemente plástica en mí una nueva dimensión entre la finitud y la eternidad, en la que la especie humana y sus afanes no pintan gran cosa. Me ha asaltado el recuerdo de aquel día al leer que geólogos suecos han encontrado un fragmento de menos de diez centímetros del meteorito que hace cuatrocientos setenta millones de años chocó con otro en un cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter y provocó sobre la Tierra una lluvia de pedruscos que dio lugar a la mayor explosión de vida en forma de diversidad de especies jamás registrada, de la que salieron los dinosaurios que un montón de millones de años más tarde, no me pregunten cuántos, serían aniquilados por otro meteorito desorientado. Hay algo exultante en estas inimaginables dimensiones del tiempo y del espacio y el azar que las gobierna, y algo extrañamente gratificante en el exilio al que nos confinan. Podemos velar celosamente por nuestras existencias porque, bien mirado, es lo único que tenemos, pero, no sé usted, desocupado lector, pero si yo pudiera elegir mi propio final, optaría sin dudarlo por un buen encontronazo con un meteorito que no dejara de mí y del mundo en el que vivo ni las partículas elementales. Eso mismo quizás pensaba, a su modo, el pollo despavorido que dejó su huella en la arcilla del lecho del arroyo para nuestro asombro.