Está en la parada del autobús de transporte urbano número tres, a veinte pasos de la biblioteca pública del barrio multiétnico donde acaba de devolver el único ejemplar disponible en la provincia de Mimesis de Eric Auerbach después de haberlo leído con más admiración que interés y el inclemente sol del primer día estival del año le araña la cabeza pelada,  por la acera de enfrente pasea una pareja de subsaharianos en la treintena, altos, atléticos, de una belleza arrogante, ella tiene un trasero respingón “como solo se ven entre las africanas”, la ocurrencia fue de Alberto Moravia, leída en una entrevista remota en la que glosaba con orgullo senil la belleza de su última esposa, Carmen Llera, una paisana vecina de aquí de edad pareja a la del tipo que espera al autobús y sueña con ella, y que también tuvo un romance con el señor de la guerra druso Walid Jumblatt, calvo, triponcillo y poeta, al que la paisana hizo protagonista de un blanda novela que leyeron con pasión digna de mejor causa en el círculo de aldeanos ilustrados, así llamados por el novelista local que se las tuvo en uno de sus legendarios ajustes de cuentas con el hermano de la paisana o cuñado de Moravia si se prefiere del que era vecino en la coqueta urbanización de chalés por causa de un perro ladrador que le impedía concentrarse en la página en blanco a resultas de lo cual dicen que el novelista quedó malherido. Durante un tiempo infinitesimal que sin embargo parece eterno porque ocupa la totalidad de la experiencia sensible, una deseable paisana con pujos amatorios y literarios, un anciano escritor italiano de cejas hirsutas antaño famoso y hoy casi olvidado, un caudillo libanés de una confusa guerra pasada, un perro que ladraba sin descanso y un cronista provincial solo recordado por sus enemigos, flotan bajo las radiaciones del sol poniente en busca de sentido a la inesperada convocatoria del culo respingón de una joven subsahariana que ya ha desaparecido de la vista. El soñador involuntario intenta sin convicción urdir un relato con esos fantasmas porque, cree, sería también un relato de su vida, o mejor, arrancado de su vida. Materiales de la memoria que son también materiales del lenguaje, atravesados de irrealidad, equívocos, frágiles, por último banales. ¿Quién demonios es ese tipo habitado por semejante puré mental en la parada del número tres? El autobús llega a su rescate y él también, fantasma transitorio, desaparece de escena.