La deriva conversacional con mi amigo Quirón nos llevó ayer a los viejos que quieren parecer jóvenes y que para conseguirlo hacen deporte, es decir, se agitan debidamente equipados en actividades que su esqueleto rechaza con un quejido. El tópico no tiene demasiado recorrido y después de comentar los movimientos espásticos que el presidente del gobierno imprime a sus paseos y que, al parecer, van a ser el reclamo electoral de su partido, estábamos estancados cuando en Quirón afloró un recuerdo de la infancia en su Lumbier natal (su Macondo) en el que el cura, el médico, el maestro y alguna otra fuerza viva practicaban en la plaza del pueblo una insólita forma de tertulia peripatética. Estas autoridades formaban dos parejas o tríos enfrentados que conversaban mientras paseaban por un lado de la plaza de tal modo que, en el recorrido de ida, una pareja o trío caminaba de frente y la otra de espaldas, hacia atrás, y a la  vuelta, a la inversa, este segundo grupo avanzaba y el primero retrocedía. Reconozco que me costó comprender e incluso visualizar esta coreografía que dejaba pasmados a los aldeanos para los que el paseo era un ocio de desocupados porque sus piernas solo les servían para ir a alguna faena y el poco tiempo libre disponible lo empleaban para descansar a la sombra. Entre paréntesis, diré que me encantan estos chispazos de lucha de clases que habitan en la memoria de Quirón y que constituyen su Novecento particular, pero volvamos a los paseantes de ida y vuelta en los que no he podido dejar de pensar en las últimas horas y de los que creo que he terminado por entender la racionalidad de su pasatiempo. Estimulaba un moderado ejercicio corporal al aire libre, justo para mantener tonificados músculos y arterias pues, para ser eficiente, el ritmo no debía ser demasiado apresurado ni parsimonioso y además debía tener cierto grado de sincronización, que a su vez servía para mantener cohesionada a la casta dirigente a los ojos de la plebe mientras sus miembros disfrutaban del inigualable placer de la conversación, que en este caso no era meramente ocioso pues hay que suponer que servía para mantener renovados los mecanismos intelectivos para el control del pueblo. El raro paseo de las fuerzas vivas de Lumbier, pues, no era sino una versión rural y pobretona de lo que hoy sería, digamos, la cumbre de Davos. Los elementos esenciales de ambos rituales permanecen inalterables. En Lumbier y en Davos tenemos un espacio convencional, limitado y visible, y una reunión de mandamases, que no pueden perderse la cara unos a otros porque bajo la aparente comunidad de intereses compiten entre sí mientras gobiernan el mundo, y en los márgenes de ese espacio habita un sinnúmero de miradas que se dirigen a este extraño contubernio con sorpresa, quizás con sorna, y a menudo con temor. Nihil novum sub sole, como díría Quirón en su ejercicio de latinista docente.