Paseo con una amiga por el adarve de la murallas de nuestra ciudad y llegamos al baluarte del Redín, escenario de los juegos y aventis de su infancia porque se crió en una de las calles aledañas del primitivo castro romano, y lugar de recreo de mi adolescencia, pues asístí a una escuela profesional próxima. Este lugar fue el primero restaurado de la ciudad antigua, en los años cincuenta, para servir de atracción turística con un falso mesón medieval y el melancólico espectáculo de una familia de cordeleros que hacían su labor al aire libre con técnicas tradicionales. El cordelero mayor de aquella pequeña troupe artesana fue más tarde presidente de una por él llamada asociación de amigos de los castillos, ya se ve lo que progresamos todos, y el mesón aún está abierto con éxito en verano porque el turismo ha dejado de ser una circunstancia pasajera. Mi amiga y yo también estamos haciendo turismo ahora en nuestro remoto pasado. Desde el mirador, se ve el paisaje de mi barrio natal, la antigua linde entre la ciudad y el campo, jalonada antaño de huertas a la vera del río y hoy convertida en un interminable acantilado de viviendas, rampante a las faldas del monte que vigilaba militarmente la ciudad. La conversación es una esgrima de memorias, fragmentos de un puzzle que se resiste a entregar su sentido. Los recuerdos se desvanecen apenas formulados, y su extrema volatilidad contrasta con el carácter impávido del escenario de la muralla, a esta hora deshabitado como una tumba vacía. ¿Dónde estarán los personajes que evocamos en nuestra conversación? Muertos, sin duda. De algunos no queda más memoria que el fragmento inconexo que alcanzamos a recuperar durante un instante, para decirnos que seguimos vivos. Paseamos junto al lienzo de muralla que fue despeñadero de beodos sanfermineros y llegamos a la puerta de la taberna donde vi por última vez a Esparza, el hijo de la churrera, compañero de aula colegial y amigo de los boy scouts, enrolado por entonces en el terrorismo o en la liberación del pueblo, según quien lo dijera, una afición muy popular por aquí hace treinta años. Nos acompaña en el paseo un perro lanudo, de color chocolate, tristón y afectuoso, otra anécdota en esta acumulación de anécdotas, cuyo significado, una vez más, se me escapa. La ciudad marca a sus habitantes y yo creo que he vivido marcado por este laberinto pétreo de las murallas que parece una divisoria entre la realidad y el deseo desde que le oí formular a mi padre una sentencia solemne y definitiva: nosotros vivimos extramuros. No sé si lo dijo por mero afán descriptivo, con una tilde de orgullo o para enunciar una evidencia fatídica. Lo cierto es que entonces teníamos que subir a la ciudad, en autobús urbano o a pie, por las empinadas cuestas que llevaban a los portales de la muralla y atravesarlos para sentirnos ciudadanos de pleno derecho, lo que quiera que significase eso en aquella época. Ahora estoy al otro lado, en el interior del cerco amurallado, y no puedo evitar un inasible sentimiento de derrota.
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