Mi hermano ha rescatado de algún recóndito cajón de la memoria familiar un sobre de correo postal dirigido a él con la caligrafía elegante y confiada que recuerdo como mía, de cuando aún era posible creer que una escritura pulida servía para algo más que para tener una escritura pulida. En el interior del sobre, un manojo de recortes de periódico, amarillentos, olvidados, glosan la noticia de un tipo que se hizo pasar ante las autoridades de Suecia por un conocido miembro de la banda terrorista vasca, con el fin de obtener los beneficios de refugiado político y quizás de escapar así de la persecución de otras autoridades por delitos más prosaicos. Ocurrió por estas fechas hace treinta y nueve años. El etarra al que intentó suplantar era muy conocido entonces (había formado parte del comando que asesinó a Carrero Blanco), estaba amnistiado y vivía en Francia con los papeles en regla como profesor universitario, así que la suplantación tuvo poco recorrido y mucha publicidad. El impostor era un remoto primo nuestro; su padre y nuestra madre eran primos carnales. La familia del impostor estaba desolada por la fechoría  y se apresuraron a dar toda clase de explicaciones públicas y a desmarcarse, como se dice ahora, de la ocurrencia del vástago. La suplantación de personalidad es un delito administrativo que, en la turbiedad de aquel tiempo y en este país, bien podía pagarse con la vida, según quién fuera el suplantado, como en este caso. ¿Por qué le pareció a nuestro remoto primo una buena idea investirse con la identidad de un personaje tan  notorio? Nunca se aclaró, al menos, públicamente. Visto con la perspectiva del tiempo, parece que todos los intervinientes, suplantador y suplantado, pero también las autoridades y la prensa, parecían urgidos a dar carpetazo a un asunto farsesco que tenía lugar en un territorio político muy vidrioso. La impostura fue obra de un txoriburu, como se decía entonces, un descerebrado. Cuando mi hermano me habló del contenido del sobre hace unos días, había olvidado por completo el suceso, que en su momento debió ocupar largamente mi atención, a juzgar por el minucioso archivo de las noticias que hablaban de él. Aún ahora, al releer estos marchitos papeles, no consigo establecer ninguna conexión del suceso con mi memoria. Recuerdo, sin embargo, vívidamente, a los padres, y singularmente al padre, del impostor, cuando venían a este pueblo por las fiestas patronales, muchos años antes de que todo eso ocurriera. Era un tipo joven y pletórico, jocundo, riente, al que me hacía feliz mirar. Un bilbainazo, como se decía entonces de nuestros primos vascongados, junto al cual mi madre y mis abuelos se sentían contentos. Es curioso cómo permanecen en nosotros las corrientes de afecto que nutrieron nuestra infancia sin que, en realidad, supiéramos nada de quienes las encarnaban. Nunca más volvimos a saber de aquella familia hasta que apareció en los periódicos de aquella época fracturada que llamamos la Transición, y de nuevo la olvidamos sepultada en los recortes de prensa que ahora han aflorado. Estarán muertos, seguramente, o serán muy viejos, presos en su propia desmemoria. Miro estos recortes marchitos y me pregunto qué significan antes de decidirme a arrojarlos al chirrión de la historia.