Un yihadista guaperas de veinte años ha sido el verdugo ejecutor de la sentencia contra su madre, acusada de intentar que su hijo abandonara la causa de dios. Juzgada y condenada por apostasía, su propio hijo le ha puesto una pistola en la cabeza y ha disparado. Está en la Biblia que nos obligaban a leer de rodillas cuando éramos niños. Una mañana, un cabrero escucha la voz de dios que le ordena asesinar a su hijo unigénito y presto maniata al chico, afila el cuchillo y se dirige a la colina que le ha indicado la voz para cumplir la orden, que un ángel impide en último extremo (Génesis, 22). La madre del yihadista no ha tenido tanta suerte como el chico de la Biblia y ningún ángel la ha salvado de la bala justiciera por la sencilla razón de que las mujeres lo tienen crudo en las religiones del Libro y los ángeles están a lo que les mandan. Lo que se jugaba en la historia del cabrero bíblico era la continuación del linaje patriarcal cuya autoridad tiene su origen en dios mismo; pero éste no era el caso de la mujer siria cuya ejecución en este contexto no es solo un crimen, sino un crimen de género, ese concepto que crispa los nervios de nuestros obispos por razones evidentes. En la mentalidad religiosa, dios es un ente instrumental: sirve para matar a los otros (y a las otras) sin perder la inocencia. A los europeos actuales, esta barbarie prístina nos parece aborrecible a fuer de ajena e incomprensible, y con este efecto paralizante cuentan los propagandistas del crimen en Internet, pero no hace tanto que nuestros abuelos eran talibanes. En la provincia donde vivo, el historiador Fernando Mikelarena ha publicado un minucioso y abrumador informe sobre la silenciada represión contra la población civil que tuvo lugar aquí entre 1936 y 1937 para afianzar el levantamiento contra la República. Aquellos crímenes pueden considerarse limpieza política pero no hubieran sido posibles sin la justificación religiosa que animaba a los verdugos, azuzados por sus clérigos. Después de aquello vino una dictadura clerical no muy distinta a las teocracias actuales de Irán y Arabia Saudí. El cristianismo occidental lleva quinientos años enfrentado al pensamiento cívico y racionalista que le obliga, no sin resistencia, a purgarse a sí mismo de los excesos homicidas originarios. En nuestro periférico país, la ilustración ha sido un proceso más reciente, más lento y más menguado. Aún hoy, el partido del gobierno defiende la inclusión de la religión en el currículo escolar como si la religión fuera una disciplina intelectual y no una fe que no nos hace mejores pero bien puede hacernos peores. La historia del cabrero filicida puede contemplarse en cualquier museo del mundo, por ejemplo en El Prado. ¿Qué le dice doña Cayetana Álvarez de Toledo a su hijita sobre lo que significa ese cuadro? ¿O solo se fijan en la suntuosidad barroca de las indumentarias de los personajes para criticar luego a la alcaldesa de Madrid por el traje del rey Gaspar?