Debo a mi admirado crítico literario Manuel Rodríguez Rivero el reciente conocimiento de la palabra japonesa tsundoku, que designa el hábito de comprar libros que se apilan a la espera de una ocasión para leerlos que nunca llega. No puede imaginarse Rodríguez Rivero la alegría que me ha dado saber que, por fin, tengo un rasgo de afinidad con la cultura japonesa. Hasta ahora, su impenetrabilidad era para mí no solo lingüística sino también conductual y todas las palabras que llegaba a aprender, seducido por el aroma evocativo de su fonética –seppuku, ikebana, sado, banzai, yakimono, origami, tamagochi-, me rechazaban apenas me era revelada su traslación a mi lengua porque todas, bajo su aspecto sosegado y ceremonial, denotan, bien destreza manual o bien coraje físico, cualidades ambas que me han sido rigurosamente negadas por la naturaleza. Entre elaborar un centro floral de mesa o una pajarita de papel y arrojarse a pecho descubierto contra el enemigo o abrirse las tripas en caso de derrota con una katana, eso sí, firmemente templada y primorosamente afilada, lo que nos devuelve otra vez a la destreza manual, se despliega un universo cultural que me resulta inalcanzable. ¿Estábamos condenados, los japoneses y yo, a no entendernos nunca? No, gracias al tsundoku. Rodeado de libros que esperan en los estantes, algunos desde bastantes años atrás, el momento de ofrecerme su sabiduría, ya puedo ponerme el kimono que compré también hace años en un comercio de Canarias como bata de casa sin sentirme un impostor. La biblioteca es el mapamundi de los sedentarios, guía de viaje, manual de supervivencia, almacén de vituallas, caja de herramientas y botiquín de urgencias, en los que como sabe cualquiera, sea o no japonés, siempre falta algo, un tornillo de determinado calibre, pastillas de ibuprofeno, pimentón dulce o el mapa de Chile, que hay que comprar en el establecimiento correspondiente. Venturosamente descubro que los japoneses no siempre están dedicados a ejercitar su habilidad fabril o su ardor guerrero sino que, en ocasiones, dejan que los ejerzan otros y gustan de sumergirse en la acariciante espuma de la letra impresa, que ni siquiera es necesario leer para que nos estimule. Un libro no leído es una promesa personal de felicidad y una biblioteca de libros intonsos es un planisferio del universo, además de una lección irrebatible sobre nuestra insignificancia en él, y sin embargo es acogedora como una tarde de verano, propensa a la siesta.