Como un rayo de sol que atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo, así discurre la campaña electoral dejando intactos los temas de la agenda política que debieran concernirnos como sociedad y como estado: economía, empleo, reforma institucional, organización territorial del estado, relaciones exteriores y seguridad, etcétera. Flotan como tropiezos en una sopa pero, fuera de alguna formulación genérica, llamada perezosamente idea fuerza, del tipo del “contrato laboral único” o “estructura federal del estado”, de las que nadie explica su alcance, ¿alguien podría decir qué distingue de manera neta y concreta a las candidaturas en liza?, ¿o qué nos espera después del 20-D, gobierne quien gobierne? Ignoramos incluso si habrá gobierno, a la vista de la experiencia de Cataluña o de Bélgica. Nuestro actual régimen nació de un accidente biológico –la muerte de Franco- y sus artífices lo construyeron para garantizar en primer término su perdurabilidad y, a ser posible, su inmutabilidad. El bipartidismo, que ahora rechaza la población más joven, también fue fruto de otro accidente sobrevenido: la implosión del partido de los post franquistas repentinamente devenidos demócratas, que en 1982 permitió el acceso al poder a los socialistas renovados, que ya no eran socialistas. De modo que, en cada mutación del sistema, las fuerzas emergentes tienen que bregar, y a la postre pactar, con el exoesqueleto institucional del estado, que es la constante de la ecuación y que incluye, no solo un sistema electoral desigual e injusto que prima a partidos grandes, cerrados y opacos, sino una estructura económica del país patrimonial y antimeritocrática y un régimen de legitimación del poder basado en redes clientelares, por citar solo algunos rasgos evidentes de la atmósfera política que respiramos. En este clima, si las elecciones son la fiesta de la democracia, como dicen los cursis, la campaña electoral es la feria, y resulta inevitablemente un teatrillo en el que los mensajes se transmiten a través de los gestos y los disfraces de los actores sobre el escenario. La dificultad radica en encontrar el disfraz adecuado. Rivera ha elegido el de John F. Kennedy; Iglesias, el de Luke Skywalker; Sánchez, el más clásico, toque vintage, va de Felipe González, y, por último, Rajoy va de sí mismo. Ha rodado tanto en bolos electorales que sabe que el día después de las elecciones es igual que el día antes de la campaña, así que ¿para qué cambiar de traje? Rajoy está conectado con el macizo de la raza y cree saber que la sociedad nunca está lo bastante cansada de estar cansada y que, por más largo, atribulado, pútrido y tedioso que haya sido el periodo precedente, nunca se decide a dar el paso hacia otro nuevo.