Lo más bonito del acuerdo de la cumbre sobre el clima es lo contentos que parecían los capitostes que lo firmaron ayer en París. Hace unas semanas, en el mismo escenario, todo eran pésames, aflicción, velas encendidas, tambores batientes y dientes apretados, con toda razón, y ayer, saltitos, palmadas en la espalda, aplausos, abrazos, sonrisas de oreja a oreja e incontenibles lágrimas de alegría mejilla abajo, como bachilleres después de la fiesta de graduación. Fue un júbilo planetario asombrosamente escenificado pero, como decía mi abuela, tanta felicidad no puede ser verdad. Los objetivos definidos en la cumbre son modestos y practicables a escala local, entre otras cosas porque no hay compromisos vinculantes para las emisiones, pero cuesta creer que la especie humana, tal como la experimentamos actualmente, vaya a acometerlos al unísono. Si lo que vimos ayer en la tele tiene una brizna de verdad, quiere decir que los peatones de la historia vamos a dejar de hablar del tiempo para pasar a manejarlo. Hasta ahora, la humanidad ha domesticado la tierra que pisa; ahora se propone hacerlo con el aire que respira. ¿Podemos creer que será así en un mundo gobernado por la competitividad y el conflicto entre naciones, clases, culturas y niveles tecnológicos en el que todos aspiramos a vivir en el máximo grado de confort material posible?, ¿podemos volver a la pureza atmosférica del paleolítico sin renunciar a la calefacción, al agua caliente y al automóvil?, ¿podemos obligar a quienes no lo tienen a renunciar a ello en nombre de la salud de nuestros bronquios de fumadores? La buena noticia es que los firmantes del acuerdo de París, como antes el de Kyoto, del que nadie habla, han dejado el cumplimiento de los objetivos en manos de las estadísticas, así que nos esperan unos años de cifras comparativas, opiniones de expertos, quejas de ecologistas y anhelos de una nueva cumbre que arregle, de una vez por todas, el desaguisado climático. El día víspera de que cayera un meteorito en el golfo de México, ningún dinosaurio creía que faltaban unas horas para su extinción, y entonces, a juzgar por lo que nos cuentan las películas de Steven Spielberg, constituían la especie más inteligente sobre la tierra. Más cerca en el tiempo, ningún europeo que leyera la noticia de que un chiflado nacionalista había atentado contra el archiduque Francisco José y su esposa en Sarajevo pudo imaginar que al día siguiente se desataría la mayor carnicería internacional que había conocido el continente. Y eso que ambos fueron acontecimientos aprehensibles con los sentidos; imagínense qué conclusiones podemos extraer de fenómenos que no se ven ni se sienten (al menos, no todos ni al mismo tiempo), como el ascenso de los niveles del mar o el crecimiento del agujero en la capa de ozono. Que el cambio climático sea una teoría científica probada no cambia las cosas. También lo es la ley de la gravedad y no evita que haya funambulistas. Hasta ayer, nuestro presidente del gobierno hacía gala de descreimiento del cambio climático y costaría poco comprobar que lo mismo piensan las élites y buena parte de las poblaciones de Estados Unidos y China, por ejemplo. En lo que a mí respecta, cumplo con mi parte del contrato: separo los desechos domésticos en tres o cuatro recipientes hasta el punto de que a veces me olvido de qué clase de residuo corresponde a cada bolsa, pero lo sigo intentando.