Un irreprimible malestar me invadía ayer al ver y escuchar a nuestro presidente del gobierno por televisión cuando daba su versión del atentado de Kabul. No podía apartar la mirada de su ojo izquierdo a la espera del parpadeo que le delata cuando pelea con la verdad. Esta vez, he de reconocerlo, no parpadeó, o yo no lo advertí, lo que quiere decir una de dos cosas: o que la versión que ofreció, cualquiera que fuese su grado de veracidad, ya que no de verosimilitud, le fue dada por su personal y se limitó a repetirla tal cual, pues es sabido la confianza que el presidente tiene en su gente, o que es más fácil corregir un movimiento reflejo de nuestro cuerpo que la causa que lo provoca. Porque, una vez más, Rajoy estuvo lejos de salvar su menguada credibilidad. El mensaje que enfatizó y repitió varias veces era que el atentado no había sido contra la embajada española en la capital afgana sino contra una “casa de huéspedes” aledaña. Casa de huéspedes es un término en desuso en castellano desde hace por lo menos medio siglo y designaba un piso ubicado en un barrio populoso cuyo propietario alquilaba las habitaciones a viajeros accidentales y a inquilinos de renta escasa. Es posible que a un personaje tan deliberadamente arcaico como nuestro presidente no le chocara la disonancia cognitiva que produce el término, pero lo que nos estaba diciendo es que la embajada española comparte espacio urbano con establecimientos que acogen a tratantes de ganado, representantes de comercio, maestros de escuela, refugiados sin papeles y traficantes al menudeo. Y, ¿por qué habrían de querer los talibanes atentar contra esos tipos? Lo cierto es que el atentado ha ocasionado dos víctimas mortales entre los agentes de seguridad de la embajada y ha provocado la evacuación de todo el personal diplomático. Como daño colateral en el objetivo de los talibanes contra la casa de huéspedes no está nada mal. Por bastante menos que eso, los americanos habrían mandado la VI Flota o lo que quiera que manden ahora. Rajoy tiene las maneras de un enterrador empeñado en consolar a la familia del difunto. Su discurso es siempre cauto, elusivo, apaciguador y a la postre mendaz. De algún modo recuerda al Zapatero de los últimos tiempos, otro monomaníaco, este del optimismo contra todo pronóstico. Zapatero y Rajoy, ambos empeñados en ocultar los hechos, comparten la circunstancia biográfica y política de ser epígonos del régimen de la Transición y es posible que el autocomplaciente narcisismo inyectado por González y Aznar a sus respectivas bases de seguidores haya derivado en sus herederos en una especie de delirio impotente. Zapatero, en su día, empeñado en alentar la esperanza de las clases ascendentes a las que representaba y cuyo estatus amenazaba de muerte la crisis económica que se nos venía encima, como luego se ha visto. Rajoy, resuelto a mantener la calma de las clases establecidas contra la evidencia de la realidad: no hay paro, no hay recortes y los talibanes no disparan contra nosotros sino contra unos huéspedes de por ahí. Zapatero y Rajoy, los últimos vástagos del linaje, presidiendo un negocio en quiebra que todo el mundo, desde los banqueros hasta los talibanes, se sienten autorizados a saquear.