Si la televisión fuera un reflejo exacto de la realidad y no su espejo deformante, el debate de ayer hubiera registrado definitivamente al presidente del gobierno como desaparecido. Un líder que no está ni se le espera, como respondió famosamente el 23 de febrero de 1981 cierto edecán real sobre la presencia del jefe de los golpistas en La Zarzuela. Que no estuviera no quiere decir que no fuera -de ser, no de ir-, pues es cierto que no estaba, ni el jefe de los golpistas en la casa del rey ni el jefe del gobierno en el plató de Atresmedia. Este último, al parecer, se encontraba a la hora del suceso en Doñana, un lugar perfectamente imaginario a fuer de extenso y brumoso, y a la vez bastante apropiado para una buena coartada. ¿Dónde estuvo usted cuando se dirimía ante la opinión pública la idoneidad de los candidatos para la presidencia del gobierno? En Doñana, con los patos. También podía haber dicho, en Groenlandia con las focas, pero imagino que, al barajar diversos destinos para el escaqueo, optó por uno patriótico a la vez que remoto e improbable. El aburrido Rajoy se nos ha desvelado como un genio de la novela de misterio, y el señor previsible y serio de Pontevedra ha descubierto el irresistible placer de disfrazarse de fantasma de la ópera, el único personaje que actúa sin ser visto entre los innumerables figurantes de la historia. La ocurrencia de mandar a su ayuda de cámara para que le sustituyera en el debate televisivo revela su sentido del humor, esa cualidad imperceptible de su personalidad que hace partirse de risa a Bertin Osborne. La cosa quedó como en la versión de Star Wars filmada por Mel Brooks: anuncian la llegada de Darth Vader y aparece un enanito cubierto con un yelmo negro descomunal. En este caso, el yelmo parece estar lleno de cerebro pero por lo demás es idéntico al original: metálico, cavernoso y surcado de aristas. Pero el objetivo estaba cumplido. Los oponentes en el debate, tres gandules con ínfulas salidos de dios sabe dónde, que ni siquiera han sido concejales, se quedaron con las ganas de trinchar al presidente del gobierno porque ¿quién va a zurrar en público a una niña por más abogada del estado que sea? Dile a tu papá que es un corrupto, es lo más que llegaron a reprocharle, y la niña dio la misma rutinaria y desganada respuesta que hemos oído mil veces a su jefe, sabiendo que la cosa no iba personalmente con ella y que ya se haría mayor y esos grandullones se iban a enterar. Los tres estaban sobrados pero una vez más se encontraron sin adversario, lo que, como bien sabe Rajoy, es su talón de Aquiles. Las cámaras y los micrófonos tienen un efecto euforizante sobre los jóvenes, como experimentó el propio Rajoy en su hijo adolescente. El chaval, que le acompañaba en una de las maniobras de distracción que practica su padre durante la campaña electoral, en este caso un programa deportivo de radio en directo, se dejó llevar por un previsible entusiasmo narcisista cuando le preguntaron su opinión y su padre le corrigió con una colleja. Eso mismo se propone hacer Rajoy en el último debate cara a cara con el joven, apuesto y blandengue Sánchez, el primogénito de esa patulea, darle una colleja por insolente y luego, tan ricamente, ganar las elecciones.