Menos mal que Venezuela celebró sus elecciones ayer y menos mal que han ganado los antichavistas, porque así ya no hay excusa para que este asunto forme parte del argumentario, como se dice ahora, de la campaña electoral española. No hace falta sentir simpatía hacia un tipo tan rudo y tabernario como Nicolás Maduro para encontrar intrigante la afición de nuestro establishment a derrocarlo. Tanto, que el estridente Maduro parecía creer que sus adversarios políticos eran Rajoy o González, y la prensa española estaba resuelta a que hiciéramos nuestro el destino de los venezolanos. Si estos han decidido echar al chavismo de la poltrona, me imagino que algo ganarán con el cambio, pero me pregunto qué ganamos los españoles. Quizás Aznar, Rajoy, González y el tímido y cauteloso Zapatero debieran dar una rueda de prensa conjunta para explicarlo. No recuerdo ningún caso en el que la clase política se haya implicado tanto y con tanta unanimidad en un negocio de política exterior, ni siquiera en Cuba. A alguno de nuestros partidos emergentes les han dado más quebraderos de cabeza las relaciones profesionales de sus líderes con el régimen bolivariano que los que le dieron nunca a Fraga Iribarne sus queimadas con Fidel Castro o a Felipe González sus cohibas exclusivos. Para una vez que una aguerrida lideresa española decidió hacer algo práctico para derrocar al régimen cubano, envió a la isla a un conductor suicida para que sirviera de chófer a los líderes de la oposición, con el resultado sabido. Así que, menos mal, ya digo, que no ha tenido que intervenir Esperanza Aguirre para echar a Maduro. Todos los países tienen amigos indeseables y las relaciones internacionales son una maraña de acuerdos secretos, relaciones comerciales inconfesables y enjuagues diplomáticos, envueltos en un mucílago de discreción. Pero, por alguna ininteligible razón, esta norma secular se ha roto con la Venezuela de los chavistas. Un ejemplo es la actividad diplomática de nuestro rey emérito, discretísimo amigo e incluso primo de regímenes tan simpáticos y transparentes como las petromonarquías del Golfo, que sin embargo no dudó en perder los papeles para abroncar en público a un jefe de estado, precisamente el venezolano Hugo Chávez. Bueno, pues objetivo cumplido. Ya hemos arreglado Venezuela; ahora a ver si somos capaces de arreglar todo lo demás.