Menos de veinticuatro horas ha durado la machada del gobierno español de sustituir a los franceses en África central para que estos pudieran dedicar sus recursos militares en Siria. A nuestros estrategas, Mali les debió parecer un frente de segundo o tercer orden, con tanta arena de por medio, bueno para sacar pecho sin asomar mucho la cabeza, pero bastó el ataque terrorista en Bamako para que se arrugasen y donde dije digo digo diego, en uno de esos curiosos galimatías políticos,  entre la mentira y las medias verdades, en los que se enfanga de vez en cuando nuestro ejecutivo, pero no su presidente porque este no dice nada. La derecha española piensa siempre con el morrión de los tercios de Flandes calado hasta las cejas. Luego, cuando disparan de verdad, se esfuman y no solo corrigen el presente y el futuro sino que incluso lo intentan con el incorregible pasado. En estos mismos días, una representante del partido del gobierno se desgañitaba en una tertulia televisiva para convencer a la audiencia de que España no participó [sic] en la guerra de Irak. El firme y extendido rechazo de la sociedad española a las intervenciones militares forma parte del consenso constitucional del 78, que tanto se jalea estos días y uno de cuyos componentes pudo resumirse así en su momento: nosotros votamos disciplinadamente a lo que nos digan y ustedes no bombardean más Gernika, Barcelona o Madrid (y por extensión, Kabul, Bagdad, etcétera, porque ya sabemos cómo terminó la guerra de Marruecos). El pacto resultó satisfactorio, a pesar del tropezón del 23-F, y, como dicen los constitucionalistas, se desactivó la cuestión militar. Los españoles sabíamos entonces y sabemos ahora que la única guerra que ha ganado el ejército en los dos últimos siglos fue la que libró contra su propio pueblo (1936-1939) bajo el mando de un puñado de generales africanistas. África es el lugar de los sueños de la derecha española, aunque la última derrota en ese continente (Sahara Occidental, 1975) fue una vez más vergonzante. Menos mal que Aznar, el jefe del tercio más heroico de los últimos cuarenta años, lavó la afrenta reconquistando un peñasco cercano a la costa de Marruecos del que hasta el nombre era apropiado a la nimiedad de la operación: Perejil. Las misiones humanitarias son un bálsamo para nuestras ambiciones militares frustradas porque nos permiten vestir el uniforme pero son irrelevantes en términos bélicos. El precedente fue la División Azul (entonces la misión no se llamaba humanitaria sino civilizatoria) y también se formó para fingir que participábamos en la guerra mundial a despecho de que Hitler no quiso conceder a Franco las posesiones francesas en el norte de África (siempre África en el objetivo) para no contrariar a Petain. Luego, los divisionarios se presentaron a sí mismos en sus memorias como hermanas de la caridad comparados con los brutos alemanes. Pero hasta en estas misiones humanitarias somos torpes, como probó el accidente de Trebisonda, por el que el ministro de Defensa de turno nunca fue llevado a un tribunal militar por incompetencia ante el enemigo que en este caso no fue un ejército convencional sino los mercados, es decir, la fraudulenta cadena de contratas, subcontratas, comisiones y mordidas que nos bombardean todos los días y que, gracias a la guerra del desierto, han salido de la agenda del debate público.