Una prueba fehaciente de la repentización que rige la acción política es la imprecisión del lenguaje. Rajoy es consciente de esta flaqueza e intenta enmascararla proclamando obviedades y tautologías del tipo, “las decisiones se toman en el momento de tomarse”, en un tono circunspecto y meditado. Es el colmo de la pertinencia de las palabras al servicio de un significado vacío, y el público tiene que fijarse en el parpadeo de su ojo izquierdo para evaluar la fiabilidad del mensaje. Hasta donde tengo observado, este parpadeo se intensifica cuando la parla presidencial alude a un suceso aciago e imprevisto en su parsimoniosa agenda. La última vez, al declarar sobre la participación de España en la lucha antiterrorista desatada por los atentados de París. Pero es que Rajoy no va a ninguna parte; solo espera que las circunstancias le lleven al mejor puerto posible. Los demás políticos en liza sí están obligados a hacer propuestas, formular críticas y proclamar consignas, es decir, a batear el lenguaje para movilizar el voto y la opinión, y lo hacen con notoria despreocupación, a voleo, aquí te pillo, aquí te mato. De esta práctica resulta un surtido de sintagmas inanes –abrir el melón, líneas rojas, hoja de ruta, etcétera- que alguien suelta al aire y durante una temporada van dando tumbos por la plaza pública hasta que desaparecen sin que nadie los eche en falta. En el silencio retórico impuesto por los atentados de París y donde, como queda dicho, lo más claro ha sido el parpadeo involuntario de nuestro presidente, he vuelto a encontrar al fondo de la red, como un fragmento de morralla, no de metralla, uno de estos clichés, presidencia coral, de gran predicamento hasta hace cuatro días. La lanzaron a principios del mes pasado los portavoces de la CUP catalana para sugerir su fórmula de gobernación de la Generalitat. Viniendo de quien viene, lo lógico hubieran sido otros sinónimos: soviet, consell obrer y camperol, incluso asamblea constituyente perpetua. También podrían haber recurrido al más exacto y tecnocrático de presidencia colegiada. Pero, por alguna razón poética o sardanesca, prefirieron presidencia coral sin advertir del mal fario de su carga connotativa. La palabra coro tiene dos acepciones principales entre el divertimento y la tragedia, ya sea una agrupación de voces humanas para “cantar, regocijarse o celebrar algo”, como reza el diccionario RAE o un grupo de máscaras que advierten de la desgracia que le espera al héroe sin que este sea consciente del peligro. Por lo que llevamos visto hasta ahora, el coro ha cumplido en Cataluña ambas funciones: divertimento para unos y desgracia para otros.
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