Ya hace algunos años que tuve un indicio de que el espejo podía romperse, o para decirlo con más claridad, que hay otro universo en el que los hechos pueden ser observados como parodia. Fue cuando le comenté a mi amigo Xabi, mi asesor en materia de redes sociales y otros líos, que había leído cierta noticia en El País, mi diario habitual, y me replicó: yo también la he leído en Menéame. Nunca había oído que hubiera una fuente documental llamada Menéame donde se pudiera leer algo pero, en efecto, es un sitio de Internet donde son los lectores los que eligen la noticia que les llama la atención y la llevan a primera plana, como se decía en el periodismo de antaño, según el número de meneos que recibe, y en consecuencia crean aleatoria y asambleariamente la realidad que se les antoja. Hoy, este sitio es un clásico de internet, igual que El Mundo Today, que también me mostró Xabi, donde se informa de una realidad paralela completamente absurda pero inquietantemente idéntica a la que vivimos. Los viejos debemos comprender que este universo paralelo replica con extraordinaria celeridad los hechos y lo hace en clave paródica, tan intensa que disuelve la realidad misma. El radiofonista Carlos Herrera es un viejuno típico, en el que años de oficio han nutrido un narcisismo del que probablemente ni siquiera sea consciente y tuvo la tonta idea de emitir una autofoto junto a las flores y velas de condolencia dejadas por los parisinos en uno de los lugares del atentado. Pues bien, antes de que cualquier moralista o semiólogo pudiera decir una palabra sobre esta ocurrencia, en Internet ya habían brotado un sinfín de réplicas de este selfie en las que la misma imagen del radiofonista aparece junto a iconos, se llaman así, creo, del siglo XX, desde la bomba de Hiroshima a El rey león. La cosa no ha parado ahí y ya son todas las estrellas del periodismo televisivo español las que han sido burladas por su postureo informativo desde París. El término mismo, postureo, tiene un sentido derogatorio, letal, respecto a la actividad de estos periodistas, del mismo modo que el obispo que oficia una liturgia es negado por su máscara en la fiesta de carnaval, y el carnaval irrumpe cuando la desconfianza hacia la realidad que se nos ofrece se ha vuelto insoportable. Yo mismo, aquí estoy todos los días, probándome un disfraz tras otro para participar en la fiesta.