El estado y la democracia mantienen por definición una relación inestable, conflictiva, erizada de distingos, reivindicaciones, opiniones e intereses cruzados y a menudo enfrentados. Lo hemos visto estos días pasados en la carajicomedia de Cataluña. La democracia es un bosque barroco que asedia al edificio clásico del estado, que tiende a lo lineal, lo unánime, lo diáfano, lo macizo, y estas cualidades se manifiestan gloriosamente en una situación de guerra. El estado es el poder de decretar el estado de excepción, en palabras más o menos literales de Carl Schmitt. Francia ya ha decretado el estado de excepción y Hollande emprende la guerra. Atacado por una fuerza totalitaria, rabiosamente antidemocrática y profundamente ajena a nuestros valores, el estado francés (y cualquier otro) encuentra sus fundamentos en un enemigo obvio, aunque apenas resulte identificable. Los atentados terroristas causan víctimas en la población civil pero también ponen en ridículo al estado que no ha sabido o no ha podido protegerla, así que la única vía es la guerra para salir del miedo y de la vergüenza. Es un momento mágico de unanimidad del estado y la sociedad, y pobre del tibio o del escéptico que no se sume al consenso. Lo advertimos después del 11-S en todo el mundo y habríamos podido advertirlo después del 11-M en España si el gobierno no se hubiera empeñado en confundir la identidad del enemigo. Lo advertimos ahora en la repentina euforia que se manifiesta en las tertulias televisivas, que no sirven para entender razones pero sí para detectar estados de ánimo. Ya hemos llegado a donde querían los terroristas. Ellos también aspiran a un estado -paradisíaco, como todos, con mujeres veladas y dieta de dátiles- y a este fin ejercitan una violencia prístina. Ningún estado nace sin definir, y liquidar, si se puede, a sus enemigos. Así que, Viva la muerte, como proclamó el mutilado Millán Astray en el momento fundacional del estado del que aún somos herederos. Y hasta aquí, la retórica. Ahora, ¿qué va a hacer Hollande? Pues se puede adivinar: bombardeará algún lugar de Siria, que irrumpirá en nuestra imaginación como si fuera parte de un videojuego (el empleo de drones refuerza este trampantojo) y luego ya veremos; enviará quizás tropas sobre el terreno, como quieren los más belicistas, y luego ya veremos. En esas estamos en Afganistán, en Irak y ahora en Siria, y luego ya veremos. Lo cierto es que el campo de batalla cada día es más extenso y más numerosos son los combatientes de uno y otro lado, aunque no sepamos con claridad contra quién y por qué combatimos. Ya veremos. Recordamos con una sonrisa la propuesta de un llamado diálogo de civilizaciones. Ahora estamos en el otro extremo. Los yihadistas dinamitaron las ruinas romanas para atacar nuestro sentido de la historia y de la estética; degollaron públicamente a rehenes para atacar nuestro sentido de la justicia; han volado nuestras discotecas y bares para atacar nuestro distraído modo de vida. Es la guerra, luego ya veremos.
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