Las redes sociales son una misa universal en la que los oficiantes entregan su cuerpo y su alma a los participantes en el ágape, a estas alturas convertido en festín. Estás ahí, en el muro de Facebook, en los trinos de Twitter, en los carraspeos de Whatsapp, y los demás te ven, te acarician, te manipulan, te recuerdan, te llaman, te detestan, chatean (no conversan, ni hablan) contigo, y se alegran o se entristecen con tu avatar. La cualidad viral o vírica de la nanotecnología de la red permite que un estornudo contagie a miles de usuarios. Cualquiera pueda activar un mensaje inane, que la red carga automáticamente de connotaciones emotivas que se expanden exponencialmente, si vale decirlo así, porque las redes se parecen más a una charca de líquido amniótico que a la maraña capilar que sugiere su nombre. El emisor y el receptor son legión, como el demonio bíblico; el código de la señal tiende a complejidad cero (el lenguaje amasado durante milenios para distinguir a un grupo humano de otro se resuelve en interjecciones y emoticonos) y, por último, el acto mismo de la comunicación se convierte en contaminación. Así que los más neuróticos –un segmento decreciente de gente mayor- ni siquiera se acercan a la red, como si pudieran escapar, y los más cautos pululan como los urbanitas japoneses y chinos, con un tapabocas profiláctico que les enmascara la voz y el rostro. En vano, porque las redes viven por ti, ni siquiera necesitas respirar con tus propios pulmones ni palpitar con tu corazón. Incluso te dan el pésame por tu propia muerte. Es lo que le ha ocurrido a un español dado por muerto en los atentados de París, al que, según confesión propia, le jodía entrar en Facebook. Es un momento atroz para el enredado porque si estás muerto de verdad no puedes dar las gracias por las condolencias y muestras de afecto que te escriben en tu muro (lápida, ahora), y si estás vivo, como en este caso, debes tomar una decisión crítica. Lo más ético, pero también lo más difícil, es rebelarte contra el mandato de la red y afirmar tu existencia, pero la salida más cómoda sería darle la razón a Facebook y empezar una nueva vida (¿?), dejémoslo en nuevo avatar. Escribo estas aprensivas líneas inducido por el reciente artilugio llegado a mi rincón de los cachivaches: un dispositivo móvil (o como se llame, porque no puede moverse si no me muevo yo) de pantalla táctil y colorines risueños que aspira a convertirse en el depositario de mis querencias, rutinas y secretos que hasta ahora llevaba en la cabeza y ese chisme quiere que ahora lleve en el bolsillo. De momento, ya ha conseguido que tenga una pesadilla: esta noche he soñado que caminaba desnudo por la calle sin más aderezo que el dispositivo móvil, o como se llame, en la mano.