Cuando me disponía a escribir este divertimento diario -una suerte de gimnasia mental para comprobar que aún funcionan las conexiones que unen el centro cerebral del lenguaje con la punta de los dedos que golpean el teclado- he abierto la prensa digital y el atentado de París me ha dejado sin palabras. No es una experiencia inédita. Me ocurrió otras veces en el pasado, cuando ejercía el periodismo profesional y los agentes de la barbarie eran mis compatriotas del terrorismo vasco. ¿Qué hace que en una sociedad eclosione esta forma de violencia? No lo sabemos sino por aproximación y a toro pasado, cuando todas las explicaciones parecen convincentes. Pero sí hemos aprendido al menos tres cosas con absoluta certeza. Primero, que el terrorismo no es una espontánea manifestación de descontento ante una situación opresiva sino una estrategia que requiere mentores intelectuales, organización, logística y ejecutores dispuestos mediante la promesa de una recompensa subjetiva, ya sea el acceso directo al paraíso de las huríes o el advenimiento del socialismo étnico, por poner dos ejemplos bien conocidos. Segundo, que hunde sus raíces en carencias reales de un grupo o segmento social que puede ser bastante numeroso y en consecuencia se retroalimenta y su duración puede ser muy larga en el tiempo. Y tercero, que pone a prueba los mecanismos del estado democrático y nos envilece a todos porque somete al tejido social al shock de la muerte inesperada y aleatoria y despierta toda clase de reacciones que hasta ese momento estaban ausentes o dormidas. (basta recordar la sostenida fractura social y política que provocaron en la sociedad española los atentados de los trenes de Atocha). Los estrategas del terrorismo, y no tanto sus ejecutores, saben esto y actúan como aprendices de brujo para agudizar las contradicciones que en su opinión les darán el triunfo, que no está tanto en un objetivo final (no es un ejército convencional) como en una transformación de la sociedad de acuerdo con sus intereses. Que lo consiga o no depende de la fortaleza cívica de la sociedad a la que ataca. En todo caso, a la sociedad europea, debilitada por la crisis económica, aquejada de secesionismos de toda clase, perpleja e inoperante ante los conflictos que estallan en sus bordes, dividida en acreedores ricos y deudores pobres, resuelta a cerrar las fronteras a la mínima alarma, le ha brotado un nuevo adversario al que le importan un carajo las tribulaciones antedichas. Caray, estoy sin resuello.
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