Hace ya una buena pila de años estuve empleado en la asamblea legislativa (caray, qué bien suena) de mi provincia, adscrito al presidente de la institución, un cargo este, el de presidente, que no exigía especial desvelo, y en consecuencia también mi empleo era cosa liviana y tediosa. Mi jefe era un conservador del estilo de Rajoy pero sin responsabilidades ejecutivas: parsimonioso, discreto y bonancible, y, sobre todo, un firme creyente en que el derecho natural es superior a cualquier otra forma de derecho, lo que al frente de una institución pública quiere decir que, cuanto menos se haga, mejor irán las cosas. Por aquel entonces, el partido conservador al que pertenecía mi jefe se guiaba por una consigna –“Navarra es Navarra”– que a los listillos como yo nos producía casi tanta hilaridad como ahora produce a los jóvenes inquietos las ocurrencias de Rajoy del tipo, “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles”. Aviso a reformistas, indignados e impacientes: ¡Ojo con las tautologías! El partido del que fuera mi jefe ha gobernado la provincia durante un cuarto de siglo sin más recursos que la apelación a la mencionada obviedad y mucha fe en el derecho natural, y Rajoy lleva escalando puestos en política más tiempo que edad tienen la mayoría de los votantes de Podemos, de Ciudadanos o de la CUP. Y ahora un tema para el máster de ciencias políticas: si el pensamiento político está resuelto de una vez por todas en una tautología, que es el grado cero de la lógica (el Dupont y Dupond del lenguaje), y la realidad es la que es y va de lui mème, ¿qué hacen los políticos en sus largas horas de despacho y en sus prolijas idas y venidas de un lado para otro? Acorde con su fe, mi jefe conservaba su mesa impoluta de papeles, lo que daba a su despacho oficial un sosegado y majestuoso toque zen, en el que el azaroso karma de la existencia estaba ausente, pero cierto día lo encontré enfrascado en un mar de formularios y prontuarios legales y mi curiosidad por tan brusco cambio de paisaje físico y mental me llevó a echar una ojeada mientras despachaba con él: estaba confeccionando su declaración del impuesto de la renta. Entonces yo era demasiado joven y distraído para advertir la categoría que se infería de esta anécdota, de cuya metástasis ahora tenemos noticia todos los días en el telediario. Lo recuerdo cada vez que un policía de aduanas atenaza del cogote a un ex ministro de finanzas o a un ex presidente de la Generalitat para llevarlo ante el juez. Y la he recordado cuando he leído que el diplomático español nombrado mediador de la ONU en el conflicto de Libia negociaba con una de las partes implicadas un futuro y generosamente retribuido empleo mientras oficiaba en su tarea de mediación. ¿Qué hay de lo mío?, así en la guerra como en la paz. Después de todo, Libia es Libia y los libios son muy libios y mucho libios.
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