Ha muerto André Glucksmann. Entre las cosas raras que he hecho en mi vida, una es haber leído dos o tres libros de este ensayista parisino. Qué manía tan francesa la de los maîtres à penser: el clérigo laico autoerigido en conciencia de la sociedad y del mundo, así en abstracto. Una prosa conminativa al servicio de causas gaseosas. Especialistas en temas generales, un oficio que tiene practicantes en los países meridionales de Europa pero no en la cornisa atlántica. Todo nace, creo, de las guerras de religión: en los países católicos, los creyentes no están autorizados a interpretar por sí mismos las escrituras ni a relacionarse sin intermediarios con dios y con la realidad, así que esta parte del mundo es el paraíso de la clerecía, de la retórica, de la literatura secundaria y de la representación. Si echas un vistazo a la plaza pública encontrarás estos rasgos en todos los rincones. En la política, desde luego, pero también en la academia y en la literatura, en el arte y, por supuesto, en la religión. Aquí mismo, entre estas líneas, creo advertir su sombra. Entretanto, el mundo va a su bola, valga la redundancia, y al filósofo no le queda otra que viajar en el estribo -¿que otra cosa son los artículos de opinión en la prensa?- si no quiere quedarse en un apeadero del desierto sin coro ni audiencia. Glucksmann, dice su obituario (ese único fragmento de verdad sobre nosotros mismos cuando ya no podemos recurrir a la impostura), fue comunista, facción maoísta después –uno de los fenómenos más intrigantes de la Francia post sesentayochista fue la adhesión de sus intelectuales al Libro Rojo de Mao; en la versión española, este maoísmo estuvo nutrido de clérigos consagrados, literalmente, y se cultivó en las sacristías-, para desembocar al servicio de la derecha de Sarkozy del que terminó renegando. Se ve que para entonces ya era viejo y el mundo iba demasiado deprisa para sus piernas y su vista. Al final, los filósofos llegan a la vejez como todos, rodeados de un maldito y amenazador caos detrás del cual no hay nada y convertidos ellos mismos en máscaras del baile en el que quisieron poner orden en sus años mozos. Que se lo pregunten a Heidegger, el padre de la metafísica del siglo XX, del que se han publicado sus diarios, ominosamente titulados Cuadernos Negros, donde se revela que era tan antisemita y nazi como todos sabíamos que era.