Desde hace unos pocos años cultivo una afición tardía pero urgente, y gratificante, por la fotografía. El lector de esta bitácora tiene la ocasión de ver a la cabecera de cada entrada las pruebas de esta nueva manía. Durante mi pasado profesional, literatura e imagen eran negocios separados, a cargo de sus respectivos especialistas. Ni los periodistas literarios ni los gráficos estaban autorizados a invadir el terreno del otro. Cada uno a lo suyo. Esta rígida frontera ha desaparecido por los avances tecnológicos y los retrocesos laborales. Hoy el periodista es un tipo multiusos, además de mal pagado, y la proliferación de soportes ha democratizado, es decir, ha devaluado en términos de precio de mercado los oficios de la comunicación. Esta bitácora es una prueba de ello. El caso es que tuve ocasión de trabajar codo con codo con muy buenos fotógrafos. Por alguna razón, la provincia donde vivo, tan escasa en tantas cosas, ha tenido una espléndida nómina de gentes de este oficio, que educaron mi mirada (el cine también contó en esta educación) y estimularon el deseo de emularlos, y en esas estoy a la edad postrera. La fotografía te enseña que es la luz la que organiza la realidad visible. Es asombroso lo que puede cambiar una imagen con una levísima modificación de la intensidad y dirección de la luz que la habita. Pero, a la postre, lo que la justifica es su carácter documental. La mirada del fotógrafo puede ser original, arriesgada, oportuna, pero lo que cuenta es la cosa fotografiada. La abstracción es una distracción que malogra el resultado. La fotografía nació no para conocernos sino para reconocernos a nosotros mismos. Diríase que los (o las) selfies están en el origen de la fotografía sin saberlo. Este carácter documental es también su jaula de hierro. Dicen que una imagen vale más que mil palabras pero, en realidad, se necesitan muchas más que mil palabras para explicar una imagen. Ahora mismo, llevo escritas trescientas cuarenta y todavía no he conseguido enfocar el objeto de este selfie literario.