Asistimos a la creciente pérdida de fuelle de la marca Podemos a causa de la inconsistencia del proyecto, la confusión en el proceso de toma de decisiones internas, que incluye la estrategia de alianzas, y, sobre todo, por el carácter errático de su liderazgo que ora se presenta como caperucita roja, ora como el lobo feroz. Esta debilidad es más acusada en las comunidades con rasgos políticos diferenciados, como lo prueban los mediocres resultados obtenidos de las elecciones catalanas y la pérdida de presencia en esta fase de aceleración del proceso independentista emprendido. Concurrir a esta convocatoria con un ejemplar del Juan de Mairena es propio de un adolescente ensimismado. En estas comunidades, las más industrializadas y ricas del país, si exceptuamos Madrid, la respuesta a la crisis económica y política se afronta en clave secesionista, ahora mismo en mayor medida o de manera más obvia en Cataluña que en el País Vasco y Navarra por la mayor fuerza electoral del independentismo en la primera, y exige tener clara la dimensión territorial de la cancha donde se juega el envite. Si Podemos es partidario del llamado derecho a decidir, tiene obligación de descender al detalle y formular quién, cómo, en qué condiciones y bajo qué premisas se ejercitaría este derecho. Todo indica que es mucha tarea para este estudiante. Entretanto, las rutinas partidarias siguen su curso. En la provincia donde vivo, Podemos ha llegado a un acuerdo con otras las otras tres fuerzas que forman el abigarrado cuatripartito local para ir en una candidatura única al Senado. El acuerdo es irrelevante porque ¿qué más da quien esté en el Senado cuando la misma institución está en solfa? Pero sí es significativo. Este cuatripartito es una manera de llamar al acuerdo de gobierno local donde cohabitan no sin tensiones el nacionalismo tradicional y moderado, que ocupa el gobierno, los herededos de la causa terrorista del inmediato pasado,  la diminuta y azacaneada izquierda unida y el propio Podemos. Este conglomerado desalojó del gobierno a los dos partidos de la ‘casta’, que venían gobernando la provincia desde hace treinta y siete años, y este es por ahora su único triunfo, lo que no es poco. Por lo demás, los cambios traídos por el nuevo ejecutivo son parcos por tres razones evidentes: la sociedad no ha cambiado porque haya cambiado el gobierno; el ejecutivo, en la actual línea del partido inspirador, ha adoptado una gobernanza moderada y cautelosa, y, por último, no hay dinero en las arcas para hacer país (como diría Pujol) y en consecuencia no se pueden crear redes clientelares propias aunque se estén desmantelando las antiguas. El acuerdo para el Senado es una reproducción virtual del que las mismas fuerzas hicieron para alcanzar el gobierno regional y, en este paisaje, Podemos, más que un árbol emergente, parece un esqueje acogido al calor rocoso de fuerzas que están en la flora local desde las guerras carlistas.