Llego a escribir este comentario como espero llegar a mi muerte, con un ligero retraso. Ayer fue día de difuntos y anteayer Todos los Santos, y el día anterior, Halloween. Tres días consecutivos que forman un ciclo festivo en el que vivos y difuntos fingen saltar juntos a la rayuela. En la primera jornada, parodiamos a la muerte; en la segunda, nos dejamos afligir por sus efectos; en la tercera, la olvidamos. Risa, compunción, indiferencia. Todo muy rápido, como la vida, como la muerte. Todavía recuerdo (las olvidaré pronto) las noticias de estos días, que parecen confeccionadas para la festividad que celebra ese extraño comercio entre la esperanza y la certeza: un asteroide en forma de calavera visita la Tierra; el consumo de carne produce cáncer; el yihadista decide inmolarse llevándose consigo a un buen puñado de infieles, No me disfracé en Halloween, ni honré a mis ancestros en Todos los Santos, pero sí visité ayer el cementerio de mi ciudad, como un invitado remolón que pretexta un atasco en carretera para acudir tarde a la malquerida fiesta. El día de ánimas es una festividad menor, casi vergonzante, en la que se recordaba a los fieles que esperan en el purgatorio su pasaje para la gloria.  Individuos sin atributos, perplejos entre los hundidos y los salvados. Es un juego de palabras, ya se entiende, así que los muertos esperan en sus tumbas no se sabe qué, como en un cuento de Kafka. Hoy, ni siquiera esperan. El cementerio había vuelto a su rutina y, en el umbral, un nutrido grupo de deudos aguardaba el turno para la cremación del pariente, amigo o mero conocido. La mayoría de los difuntos han decidido volver a la tierra y alcanzar el cielo por vía de urgencia, a través del humo y la ceniza, sin pasar el tedioso trámite de la inmortalidad. En el interior del recinto, el perfume de las flores frescas flotaba sobre las lápidas de mármol fregado y latón bruñido y era tan intenso y vivaz, tan feliz, que impedía acordarse de los difuntos. Luego llovió pero yo ya me había ido.