La edad nos acerca a nuestra caricatura. Los rasgos elementales y más firmes de nuestro carácter emergen y se hacen más obvios a medida que el destino está sellado y solo convivimos con nosotros mismos. Desparecidas las circunstancias que nos impulsaban a la lucha para afirmarnos en medio de los otros, las estrategias de supervivencia y dominación que veníamos ejercitando se hacen innecesarias y el campo de batalla se traslada frente al espejo. En ese momento nos volvemos estilizados, esquemáticos, como un esqueleto en relación al carnoso y expresivo cuerpo que lo envolvía. El ex presidente Aznar siempre fue una gárgola gótica o un avatar del capitán Alatriste, con su bigotito, su melenita antigua, su mirada de antracita, su humor cavernoso, sus modales egregios y su discurso percutiente, y no ha dejado de serlo en su retiro del activismo político para dedicarse a cultivar el jardín de su ego. Al contrario que su homólogo Tony Blair, un post moderno típico, dicharachero y oportunista, capaz de mudar de ideología, de religión, de política y de opinión, pero no de cuenta corriente, Aznar es El caballero de la mano en el pecho, que también tiene sus buenos doblones en el arcón. Ahora, se ha visto impelido a contradecir a su antiguo camarada de correrías en la guerra de Irak. Donde Blair ha mostrado arrepentimiento y sentido de la culpa, Aznar exhibe contumacia y altanería. El primero se suma cautelosamente al consenso universal sobre la estúpida y peligrosa carnicería que acordaron en las Azores y el segundo se engalla sobre vivos y muertos para defender su oportunidad y beneficios. Y lo hace con el lenguaje vacuo que puede esperarse de un hidalgo español: “En términos de influencia y de apoyo internacional a nuestros objetivos, España salió ganando”. ¿Qué España’, ¿cuáles fueron las ganancias? Ante esas preguntas, Aznar, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró de soslayo, fuese y no hubo nada. Lo significativo es que estas declaraciones las ha hecho en una carta (pública, por supuesto) dirigida al ministro de Asuntos Exteriores. Para que sepa lo que tiene que decir. El partido en el gobierno tiene la temeraria costumbre de poner un fósil en la presidencia de honor, antes Fraga y ahora Aznar. Este hábito revela mejor que cualquier otro la quintaesencia del pensamiento conservador: cualquier tiempo pasado fue mejor. El riesgo reside en que la fosilización no es una situación estanca sino un proceso activo y, ahora mismo, Rajoy está empecinado en hacer méritos para ser un buen presidente de honor del partido.