La calidad de la democracia española se advierte en los argumentos sumarios del discurso y en la tendencia a la teatralización, como si la clase política se dirigiera, no a una sociedad de individuos pensantes sino a un público de espectadores de muy elemental criterio de los que se pueden esperar palmas o pitos según sean partidarios de Joselito o de Belmonte. El que dirige la función, claro está, es el jefe electo de la cosa en cada ámbito territorial, ya sea el presidente de una taifa o del gobierno central, los cuales pueden cambiar el guión al albur de sus intereses. Artur Mas decidió transformar sobre la marcha su perfil de burgués pactista del Eixample en fiero y decidido Braveheart, y Rajoy ha mutado de indolente llanero solitario a Toro Sentado, que convoca a todos los jefes de las tribus sioux a unirse para defender las grandes praderas. Bien, ya que no sabemos qué hacer –ni para proclamar la independencia de Cataluña ni para conseguir la adhesión de los catalanes a España-, finjamos que podemos hacerlo todo. Estos agrupamientos alrededor de grandes y huecas consignas –la república catalana, la unidad de España- ocultan con toda deliberación los intereses y carencias que los alimentan y, en primer término, están dirigidos no tanto a derrotar al adversario cuanto a inmovilizar a los propios y crédulos partidarios de cada bando. Llegados a este punto, los dubitativos y disidentes son rechazados por traidores, como le ha ocurrido al líder podemita, que ha acudido a la oficina de reclutamiento con un librito del dubitativo y disidente Antonio Machado. Este muchacho no ha debido hacer la mili porque no se le ocurre a nadie presentarse a recoger el petate de semejante pinta. Ya están, pues, los frentes desplegados en el campo, cara a cara, y ya tenemos definida la topografía de la campaña electoral de diciembre. España versus Cataluña. En el fragor de la contienda nadie reparará en que los generales de ambos ejércitos patronearon hasta ayer mismo sendas redes de corrupción en sus propias filas y firmaron los decretos de recorte de derechos y libertades de la ciudadanía. Pero es sabido que la verdad es la primera víctima de la guerra.
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