Los poderes terrenales se reúnen para suturar la herida de Siria, cuyos efectos infecciosos ya se sienten en Europa. Un selecto puñadito de potencias que arrastran rivalidades irresueltas y llevan en el portafolio sus propios intereses han iniciado a paso de sonámbulo el camino hacia la mesa de negociaciones. Ni el dictador cuya tiranía provocó el conflicto, ni la titubeante oposición que quiso derrocarle, ni el amenazador estado islámico que ha brotado del huevo de la serpiente, estarán en el encuentro. Estos agentes directos del conflicto ponen la ira, la esperanza y la muerte, pero no, al parecer, las soluciones. Por ahora, pues, seguirá habiendo enfrentamientos, víctimas, refugiados y desesperanza sine die. No hay razones para el optimismo. Es improbable que los estados occidentales, hacia los que se dirige gran parte de la ira de las masas árabes, sean los más indicados, no solo para resolver el conflicto sino ni siquiera para entenderlo. Ni los cruzados (la España de Aznar incluida) que destruyeron el estado en Irak ni la llamada primavera árabe posterior previeron las flores carnívoras que habrían de surgir en este paisaje arenoso. Hoy Siria es un estado quebrado, como otros de Oriente Medio y de la orilla meridional del Mediterráneo, y los que están vigentes, como Egipto o Argelia, son dictaduras que sus poblaciones quisieron derrocar. La alternativa no es halagüeña en Dar al Islam, o dictaduras nacionalistas, que representan el pasado, o califatos teocráticos, que asoman al futuro. Los occidentales que se han reunido en Viena no entienden otro campo de la acción política que el estado-nación, precisamente el patrón que está en crisis en esa zona del mundo. Al leer estas noticias me ha asaltado el recuerdo de lo que dice Ernest Hellner en su último libro (Nacionalismo, Ed. Destino 1998). En el siglo XX hubo dos doctrinas universalistas: el marxismo, que se desplomó, y el Islam, que ha crecido en influencia a fuer de negarse a la secularización. Es una religión, anota Gellner, sorprendentemente moderna: es unitarista, tiene una baja carga mágica, proscribe la mediación, estableciendo una relación directa entre el creyente y la divinidad (en menor medida en el chiísmo), y ofrece un estado igualitario entre los fieles. En este sentido, tiene rasgos análogos a la ética protestante que, según Weber, está en la raíz del capitalismo moderno. Sin embargo, el Islam no ha conseguido los resultados de la modernidad occidental y las clases medias de los países musulmanas no han alcanzado ni de lejos los niveles de la burguesía europea. Gellner lo explica así: Los protestantes (y ahora también los católicos) sólo tienen un mecanismo para cerciorarse de su virtud moral, el éxito de los negocios materiales. En el Islam, la economía permanece fuera del ámbito de lo sagrado, aunque algunas prácticas económicas estén reguladas por el Corán. El Islam, al mismo tiempo que muestra una notable indiferencia hacia el éxito material, es capaz de crear un alvéolo de lo sagrado preservado del azar económico. La pervivencia del Islam no está sujeta al desarrollo material de sus sociedades, lo que explicaría el fenómeno de que sea una religión invulnerable a la secularización. El marxismo compitió con el nacionalismo burgués en su propio terreno y perdió porque el reino económico que había prometido no llegó nunca. El Islam, ocupe o no el Estado, es ajeno a este desafío. Me pregunto si podemos entender esto y, en consecuencia, entender por qué los jóvenes musulmanes europeos constituyen el principal caladero de reclutas para la yihad. Y otro pregunta de detalle: ¿podrán entenderse en Viena países cuyos representantes no pueden estrechar sus manos si son de distinto sexo? En Irán, otro país participante en la conferencia, esta minucia es un delito que se castiga con la flagelación.
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