Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, dicen que dijo Arquímedes cuando descubrió la palanca. En el ciclópeo esfuerzo por levantar la independencia de Cataluña, la CUP (10 escaños de 135 en el Parlament, 8,2% del voto catalán) se ha ofrecido como fulcro y ha llevado a firmar una declaración que se convertirá en un documento histórico o en papel mojado según evolucionen los acontecimientos. En lo alto del bloque que levanta la palanca, Artur Mas hace equilibrios y votos a la Moreneta porque, a mayor impulso del independentismo, mayor distancia le separará de la engorrosa indagación judicial sobre el corrupto tinglado político-económico que ha heredado. En la mayoría de los soberanistas, la independencia es un sentimiento y un anhelo; en Mas es una necesidad y la única respuesta a sus intereses. La CUP quiere la independencia para hacer una república sin corrupción; Mas, para que la corrupción se confunda con la república. La izquierda quiere un paraíso social y la derecha, un paraíso fiscal. No caigáis en provocaciones, decían en nuestra izquierdista juventud los dirigentes a la base cuando detectaban en ésta demasiada prisa por alcanzar objetivos lejanos. Y aquí entra en escena el pope Gapon, el clérigo ruso que fundó una asociación obrera mientras colaboraba con la policía zarista y llevó a miles de trabajadores y a sus familias a manifestarse al palacio del zar en San Petersburgo para entregarle un papel con una demanda de derechos; les esperaba rodilla en tierra y fusil a la cara la guardia imperial, que provocó una matanza entre los manifestantes. ¿Hasta qué punto es una afirmación de derechos o una provocación el documento aprobado por el Parlament para cuyo cumplimiento no hay ninguna base legal y ni siquiera una mayoría política cualificada? No parece haber riesgo de que sea recibida con una descarga de fusilería, aunque seguro que es lo que desearían muchos nacionalistas españoles y no pocos independentistas catalanes que tendrían así una explicación para justificar el fracaso de su causa. De momento, Rajoy, el parsimonioso, hacedor de independentistas, ha ordenado cargar las baterías con munición legal y espera que la declaración le ayude a ganar las elecciones, toda vez que sus argumentos de mejora de la economía no parecen calar en la dura mollera de sus súbditos. Ya veremos.