La clave del funcionamiento del sistema político español hay que buscarla en el pánico de la sociedad a perder lo que ya tiene; poco o mucho, eso es subjetivo y hay una opinión por cada ciudadano. Sobre este conservadurismo primario –llamado a sí mismo de centro, que obnubila la visión del futuro y rechaza cualquier reforma, y cuyo paradigma es el modo Rajoy de gobierno-, en 1978 se articuló un sistema constitucional dirigido, en primer término, a conservar su propia estabilidad. La memoria de la guerra civil gravitaba sobre los constituyentes de la época, del mismo modo, por ejemplo, que la hiperinflación que asoló Alemania en los años treinta del pasado siglo está en el cerebro reptiliano de las políticas de austeridad de Angela Merkel. Nunca más una guerra civil y nunca más una hiperinflación. Hay acontecimientos históricos cuya onda expansiva alcanza a numerosas generaciones posteriores y determina su conducta. La estabilidad de nuestro sistema político radica en el plus de poder que otorga al ejecutivo sobre los otros dos poderes del estado, el legislativo y el judicial, controlados y/o dirigidos por el primero. Al término de la segunda guerra mundial, países como Italia erigieron sistemas fuertemente parlamentarios, a riesgo de la inestabilidad casi perenne del ejecutivo, para conjurar el peligro de una dictadura como la que habían dejado atrás después de una cruenta guerra civil entre 1943 y 1945. Treinta años más tarde, en España se operó a sentido contrario; la dictadura había dado algunos frutos en términos de bienestar material y estabilidad política, así que el objetivo era conservarlos mediante un sistema electoral bloqueado y la preeminencia del poder ejecutivo. Los españoles aceptamos el trueque a cambio del reconocimiento de los derechos civiles, que también habían germinado durante la dictadura en las playas de Benidorm. El resultado puede calificarse de satisfactorio a la luz de los hechos hasta la crisis económica que se inició en 2008. El movimiento de los indignados, que en 2011 conectó con toda la sociedad española, surgió en un momento en que el llamado consenso constitucional había sido asaltado desde arriba por poderes nuevos y muy agresivos ante la impotencia, o la complicidad, de los gobiernos de turno, primero el de Zapatero y luego el de Rajoy. Cuatro años después de las acampadas de la Puerta del Sol, experimentamos la dificultad de convertir aquella indignación en alternativa política y el bipartidismo recuerda en los sondeos que no es un accidente pasajero. Durante el franquismo se contaba un chiste que decía que España era un país libre porque se podía elegir entre el Marca y el As. Rajoy es del Marca y Zapatero fue del As. También había otro chistecillo entre la clase periodística que decía que es más fácil cambiar de religión que de periódico. Es verdad que ahora tenemos los digitales…
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