No más izquierda, ni más a la izquierda, sino más izquierdas, en plural (otra palabra mágica), como gominolas para una fiesta de cumpleaños, a ver, eche un puñadito más de tutifruti y de regaliz que vendrán muchos sobrinos, así de ubérrima va a ser la oferta electoral de diciembre. Mientras la derecha prepara un menú de plato único, sin sal y bajo en calorías -Rajoy, lo tomas o lo dejas-, a riesgo de que algunos votantes se vayan al macdonald de Albert Rivera donde dan kétchup gratis, la izquierda llega con una carta de restaurante chino, muchos platos cocinados en el mismo wok. El próximo lunes se presenta una nueva formación de este lado del espectro, a sí misma denominada La Izquierda. El nombre ya advierte que los recién llegados no andan escasos de autoestima. Por supuesto, la nueva fuerza es el resultado de la confluencia de dos plataformas, Convocatoria Cívica y Somos Izquierda, y de otras que puedan sumarse, me imagino. Las plataformas son a la izquierda lo que las fundaciones a la derecha; ambas tienen un aire fantasmal e insolvente, pero se distinguen en su finalidad: las primeras son para sacar la cabeza del hoyo y las segundas para llenar el hoyo de dinero. No hace falta explicar cuáles son más efectivas en sus propios fines. En todo caso, el votante de izquierdas está ya aturdido ante el coro cacofónico de fórmulas asertivas y conminatorias: somos, podemos, vamos, estamos, convocamos, nos juntamos, nos comprometemos, que tienen como referente una abstracción sociológica, la gente, el pueblo, los de abajo, etcétera. Es como una de esas pelis en las que salen todos los superhéroes al unísono para salvar el mundo y te armas un lío con los poderes de unos y de otros. Eso sí, agitación y efectos especiales no faltan. Luego llegan extenuados al momento de la verdad, como Pablo Iglesias el otro día al debate de la tele. Los viejos del lugar, que ya hemos vivido otro cambio de ciclo parecido hace cuarenta años y en circunstancias relativamente análogas de desgaste de régimen y crisis económica, quizás debiéramos señalar con nuestro pesimismo que este burbujeo es síntoma del deseo de cambio, no necesariamente aviso de que vaya a producirse en los términos deseados. Y otras dos advertencias de abuelo Cebolleta: una, el voto de izquierda, como el de derecha, está tasado y, a más siglas en disputa, más fragmentado resultará; y dos, el votante medio, también el de izquierda, teme más que nada a la agitación y la incertidumbre, por lo que, como ya advierten las encuestas, a más dosis de ambas, más votos a las siglas tradicionales. Y ahora me voy a echar pan a los patos del estanque, que, por cierto, tiran hacia la derecha.